Dan. Cap.2

En clase no podía concentrarse de ninguna manera. Estaba pensando dónde demonios había puesto el albarán que venía con los paquetes de láminas de plástico.

 Había tenido una mañana bastante ajetreada y estaba cansado. Mejor sería tomarse un café durante la siguiente clase, aunque sabía que no debía. Hacerlo solo no tenía gracia y Bel se había saltado la primera hora.

 Le gustaba estar solo. Hacer lo que quería cuando quería sin que nadie mandara en su vida. Pero a veces, echaba de menos a alguien con quien comentar una película de la tele, o charlar un rato antes de ira dormir. Era un solitario que se sentía solo.

 A las cuatro en punto, aquella momia que recorría la pizarra arriba y abajo, se fue y él decidió levantar el vuelo también.

 En el solitario bar, se sentó en una mesa pequeña frente a un vaso de plástico humeante y encendió un cigarrillo.

-Tenía la corazonada de que iba a encontrarte aquí.- la voz de Bel apareció como de la nada.

-Mentira. Te has pelado la clase y has topado conmigo.

-Vale, lo admito, pero que conste que a tí te ha pasado lo mismo.

-Mal de muchos…

 Oyó cómo ella corría la silla que él tenía delante, para sentarse.

 -Dan, simplemente, alégrate de verme.

-Me alegro de verte. ¿Porqué no has venido a primera hora? Es raro que estés en las últimas horas, pero en las  primeras…

-El maldito tráfico. Estoy considerando seriamente la posibilidad de adquirir unos patines. ¿Y cómo estás tú aquí?

 Dan se frotó los ojos.

 -A decir verdad, no me estaba enterando de nada. Hoy ha sido el primer día que he llevado solo la tienda y estoy agotado. Supongo que cuando coja algo de práctica…

-Quisiera echarte una mano, pero con la panadería ya tengo bastante.

-¿Cómo te lo montas tú? ¿ de dónde sacas el tiempo de hacerlo todo? Supongo que Ana no hará todo el trabajo de casa…

-Bueno…- Bel frunció los labios en actitud dubitativa- la cuestión es organizarse, y lo que no puedo hacer, no lo hago.

-Me gusta el sistema…- él sonrió.

 Levantó la vista para mirar a Bel a los ojos durante un segundo.

 -¿Tienes interés en la próxima clase?

-Más o menos el mismo que tú.- dijo ella mientras se le dibujaba en la cara una sonrisa.

-Perfecto. Vámonos.

 La siguiente parada fue el coche de Dan, que esperaba pacientemente en el párking de grava, y emprendieron el camino a casa de él.

 -Parece que va a llover- dijo él mirando al cielo.

-Déjala caer. Ya sería hora de que lloviera.

-¿verdad?- inquirió Dan interesado.

 Ella buscó su mirada. Al sentirse observado, él también la miró.

 -¿Qué?- preguntó él.

-Eso digo yo… ¿qué pasa? Parecemos gilipollas hablando del tiempo. Cuéntame algo más interesante como por ejemplo qué has hecho este fin de semana, o cómo ha ido el primer día en la imprenta.

-No gran cosa… estuve una noche con unos amigos por ahí y el domingo fuí al parque con Max.

-¿Dónde fuísteis?- preguntó ella desinteresadamente, observando el paisaje a través de los cristales, que empezaban a cubrirse de gotas de lluvia, gordas y cálidas.

-Donde siempre a hacer lo de siempre…- suspiró él hastiado.- Verlos emborracharse cada vez me resulta menos divertido.

-¿Y porqué no propones otra cosa?

-Vamos, Bel… no saben hacer otra cosa y tú ya sabes que no tengo imaginación para eso. Admite que soy un tipo aburrido.

-Eso no hace falta que me lo jures. Siempre que salimos tú y yo, acabas haciendo de perchero…

 En el semáforo en rojo, Dan la partió con la mirada.

 -También tengo otras facetas más divertidas…- se defendió débilmente.

-Sí, pero no son adecuadas para un sábado por la noche para salir de copas…- se burló ella.

-Ya, pero ya no soy un crío. Hay ciertas cosas que mi cuerpo ya no resiste y yo no tengo la culpa… por cierto, podríamos quedar alguna noche a tomar algo o ir al cine…

-Claro, dí un día…

 Lo bueno de Bel era que no necesitaba divertirla, ni hacerse el interesante. Siedo como era, todo era perfecto. Hasta los momentos aburridos.

 En casa, Max les recibió con enorme alegría. Había oído truenos y estaba asustado.

 -Vendído… a mí no me peloteas tanto…- le recriminó Dan, mientras ella rascaba su cabezota.

-Ven, Max. Vamos a la terraza a ver cómo llueve.

-Genial, traigo a alguien a casa para que hable conmigo y me haga compañía, y prefiere la del perro…

-Es más civilizado que tú

-Pero no habla…- dijo él alejándose pasillo abajo.

-Anda, Max, vamos con él, pobrecito…

 Bel tomó asiento en un taburete en la cocina y observó las cuidadosas evoluciones de Dan mientras preparaba café.

 -¿Estás bien? Te noto algo depre…

 Él giró la cabeza cuarenta y cinco grados, sorprendido.

 -No sé… yo me noto como siempre.

-Te conozco, y sé que algo te preocupa…- dijo Bel afilando la mirada, como intentando meterse en su cabeza para averiguar qué era lo que no andaba bien…

-No hablemos de cosas tristes… ¿cómo os apañáis tú y Ana en el piso?

-Como siempre. Tenemos unos horarios y tareas asignadas y nos peleamos por el mando de la tele.

-No parece que te haga mucha gracia…- Dan puso la cafetera al fuego y se encendió otro cigarrillo. De paso, le lanzó el paquete a Bel, para que cogiera uno.

-Evidentemente a nadie le gusta pelearse por el mando de la tele…

-No me refiero a eso.- Dan acomodó el trasero sobre el banco de la cocina.- me refiero a todo en general…

-Ya… bueno.- ella le imitó, acomodándose sobre la mesa. Dio una larga calada a su cigarrillo observó el infinito.- Creo entrever un problema y estoy intentando hallar una solución. Bueno, la solución es clara… pero se me hace una montaña. De todas formas es a largo plazo…- parecía hablar consigo misma más que con él.

-Si pudieras concretar un poco…

-No.

-¿Porqué?- dijo él ofendido.

-Porque te conozco y vas a intentar ponerle remedio.

-¿Y eso es malo?.

-Acabarás perjudicándote a tí mismo.

-Chica, no entiendo ni media…

-Hazme caso, es mejor que no lo sepas.

-Vamos…- le inquirió seriamente. Hoy no tenía humor para aguantar las chorradas de Bel.

 

Al final ella cedió. Culpa suya por no haber sabido soslayar el tema. Se recogió el pelo tras las orejas y le miró.

 -Ana lleva tiempo saliendo con un chico. Eso lo sabes ¿no?- Dan asintió con la cabeza- y parece que la cosa va en serio. Ellos pueden permitirse vivir juntos y la casa es de la familia de Ana.

-Creo que te sigo.

-Es una suposición mia pero ¿tú qué pensarías?

-Pensaría lo mismo que tú.- Concluyó él rápidamente.

-Yo sé que Ana jamás me dirá que me vaya, pero ya sabes… la situación es la que es… de todas formas, es a largo plazo.

 El borboteo aromatizado de café, cortó la conversación. Y Dan sirvió dos tazas, y se fueron de la cocina. Llovía demasiado fuert como para salir a la terraza, ni siquiera a la parte cubierta.. Así que se instalaron sobre dos almohadas, tras los cristales del ventanal del balcón.

 -¿Y porqué no te vienes a vivir aquí?

 La pregunta de él, flotó en el vacío que había entre la ventana y el aparador, hasta diluírse en el sonido de la lluvia.

 -¿Lo ves? Te dije que intentarías arreglarlo.

-Eres una amiga… ¿qué otra cosa puedo hacer?- él la miró con una ténue sonrisa.

-Muchísimas gracias, de corazón, pero esa no es la solución…

  La lluvia arreciaba por momentos.

 -¿Porqué no?

-Dan, cambia el disco ¿quieres?

 Él dio un sorbo a su taza y suspiró.

-Egoístamente te diré, que no te he traído aquí para ver llover. Háblame, o me volveré loco. Esta mañana me he sorprendido hablándole a la plastificadora…

 Logró arrancarle una risa a Bel. Siempre tan serio, y siempre acababa riéndose cuando estaba en su compañía.

 -Háblame tú… ¿qué te pasa?

 ¿Y cómo contárselo, si ni él mismo lo sabía…?

 -No lo sé… por una parte, quiero valerme por mí mismo. Por otra parte, me aterra hacerlo… últimamente cuando pienso en ello, se me revuelve el estómago. Siento que no estoy haciendo lo que debo, o no todo lo que puedo, pero me asusta. Y a la vez, hay cosas que no quiero hacer… me dejo influenciar por opiniones que pesan demasiado pero que no deberían contar, y a la vez no pudeo dudar en escoger una postura, porque muestro una debilidad que no puedo permitirme… ¿lo entiendes?- respiró al final de la parrafada, que aunque había costado, al final, salió sola. Había logrado enhebrar y resumir sus dispersos pensamientos.

 Bel le escuchab atentamente, con sus enormes ojos azules fijos en el rostro distraído de Dan. Había captado la idea… estaba solo y asustado, como la mayoría de la gente… la soledad y su inseguridad, no ayudaban en exceso. Como siempre, lo que hiciera, sería apoyado por algunos y censurado por otros, era inevitable. Pero eso a él, le resultaba duro. Lo entendía, porque ella lo había pasado, hasta el día en que decidió que no podía dejar que los demás decidiesen por ella. Aceptó lo que venía con sus riesgos, tanto para bien como para mal. Pero por mucho que se lo dijera a Dan, tendría que deducirlo por sí solo. Era la única forma en que se convencería.

 -Te entiendo.- ella sonrió y le frotó el hombro cariñosamente. – lo único que puedo decirte, es que hallarás la respuesta cuando estés preparado. Mientras tanto, aquí me tienes para cualquier duda o consulta… y sin ánimo de ponerme en plan paternalista, creo que madurar es ésto, Dani… sufrir y dudar todos los días. Pero mientras vivas, y espero que sea por muchos años, tienes que jugar. Y por desgracia, la mayoría de veces, deberás hacerlo solo.

 Él miró melancólicamente por la ventana. El cielo de color gris oscuro estaba vertiendo toda su furia sobre la ciudad. Nada cambiaría, todo seguiría igual hasta que encontrara el momento y el valor de decidirlo todo.

 -Tienes razón. En esto estoy solo.

-Ya verás como todo se soluciona. Lo sé. Hay que sacar la fuerza a veces de la propia flojera de piernas, pero merece la pena… por lo pronto, deberías de buscarte novia…- dijo ella riendo.

 Dan se rió a gusto. Vaya solución…

 -¿y tú Bel, tienes novio? Lo digo por si estás libre, así no busco más…

-Yo siempre he dicho que si no fueras mi mejor amigo, me liaría contigo, pero no sé si duraríamos mucho tú y yo…

-¿Nos vamos esta noche al cine?- dijo Dan pensativo- si vamos a pelarnos las clases, hagámoslo a conciencia…

-Estupendo. Invítame a cenar, y yo te invito al cine.

-¿Y qué te hago de cena? – preguntó él recogiendo las tazas de café, ya vacías.

-Con que sea comestible, me sobra…

 No dejó de llover en toda la noche. Cenaron junto a la ventana y luego fueron a ver una película. Cuando la dejó en casa y se despidieron, aún seguía pensando en todo lo que habían hablado.

Deseaba volver a ser un crío y no tener que preocuparse por nada. Pero ya era demasiado tarde.

 

 

Dan. Cap. 1

Un chasquido seguido de una llama se oyó en la oscuridad. Tenía que dejar de fumar, pero no conseguía hacerlo. En realidad, tampoco lo había intentado con mucho empeño…

Soltó el humo lentamente y se tumbó en el suelo. Pensó en que las baldosas estaban demasiado frías para su espalda desnuda, pero poco a poco, su piel se iba acostumbrando.

Aquel pequeño balcón era su favorito. La terraza grande estaba mucho mejor, era más grande y espaciosa, pero el balcón era más acogedor. A Max también le gustaba. Como no daba el sol, se pasaba allí el día.

Hacía una noche estrellada, despejada. Y dejaba flotar sus pensamientos entre las estrellas libremente. Sabía que debía irse a dormir, ya que al día siguiente, de nuevo había trabajo. Se acabó el cobrar gratis. Comenzaba una etapa de responsabilidad para él, ya que su padre había decidido poner en sus manos la imprenta más pequeña de las dos que poseía: una pequeña copistería, filial de una más grande, con más empleados. Por las mañanas, él y su perro Max la regentarían. Por las tardes, se quedaría su madre, para que él pudiera ir a clase. Una vez había comenzado, no podía abandonar los estudios.

Se frotó los ojos, cansado prematuramente. Iban a faltarle horas a sus días… trabajar, estudiar, ocuparse de su casa, ir a la compra, regar las plantas… si no paraba de pensar en eso, se volvería loco. Así que decidió ir haciendo las cosas de una en una…

Dio la última calada al cigarro y lo apagó en el cenicero aplastándolo sin piedad. No se sentía bien. Estaba un poco asustado, creyéndose incapaz de poder hacerlo todo él solo. Pero como decía su padre, alguna vez tenía que madurar, y aquella oportunidad, era única e irrepetible. O la única opción…

- -Max, a dormir.

Max le miró sin mover un pelo. Parecía que no tenía ganas.

- Vale, yo me largo.

Al echar a andar por el oscuro pasillo, sintió a Max pegado a sus talones.

- Lo sabía. Eres un miedica…

Cuando llegó al dormitorio, se dejó caer tal cual en su enorme cama y cerró los ojos. Y trató de seguir pensando, pero el sueño pudo más, y no tardó nada en quedarse dormido.

Apenas había amanecido cuando salió a la enorme terraza a tomarse el café. Desde el ático, se veían cientos de diminutos cochecitos circulando ya por las calles. Pronto iba a ser uno más entre ellos.

El aire fresco de la mañana le revolvió el cabello mojado y sintió el primer escalofrío. Qué bien, ya se iba el verano…

Se arregló, paseó a Max antes de subir a su coche, que esperaba pacientemente todas las mañanas. Se atusó el flequillo en el retrovisor antes de arrancar suavemente.

Camino de la tienda, recordó la bronca que había tenido con su padre recientemente. Él quería que se hiciera cargo a tiempo completo del negocio, pero no quería abandonar sus estudios. Vale, que con el dinero ganado en el negocio familiar, podía vivir holgadamente. De hecho, lo hacía, pero ¿merecería la pena negarse la oportunidad? Valía, podía medrar.

No era codicioso, pero ya era hora de probarse a sí mismo. Había dado ya un gran paso yéndose a vivir solo, pero eso no bastaba. No era reto suficiente. Se autoabastecía del negocio de su padre, y eso prácticamente representaba no haber hecho nada. Tenía que alcanzar algo por mérito propio, y sus estudios, eran un buen lugar para comenzar.

Puso un cd en el aparato de música y dejó que las notas arrancadas a una guitarra le llenaran los oídos. Eso, siempre lograba distraerle de sus problemas…

Miró el reloj de pared de la cocina y vio que le quedaba justo media hora para prepararse un sándwich y metérselo entre pecho y espalda si quería llegar a tiempo a clase. Víctima del estrés, se afanó en la mencionada tarea, meintras recordaba que tenía que devolverle a Bel unos apuntes que ni siquiera había buscado. Seguro que lo entendía. Esperaba que lo entendiera… porque había veces, que Bel no entendía nada…

A Max también le tocaba comer de lata.

- ¿Porqué no comes? Asegura que contiene lo necesario para que tu pelo brille y tus dientes estén fuertes. Es una dieta equilibrada…

Max le miró con la cabeza apoyada entre sus patas, con cara de póker.

- Tú mismo. Esta  noche estará reseco y asqueroso.

Cuando tragó el acartonado bocadillo, cogió la carpeta y se encaminó hacía la puerta, despidiéndose de Max con una caricia.

A ver qué le contaban aquella tarde.

La fiesta de San Marcos

 

Viajé de noche, como siempre. Es mi abrigo, mi refugio, mi medio natural. Hace doscientos años, fui hasta Venecia a caballo. Un magnífico árabe negro como la noche, cuyas fuerzas no desfallecieron, a pesar de que mantuve una marcha constante desde Volterra. Esta vez, llegué en un discreto Mercedes azul oscuro, como tantos otros que se agolpaban en el improvisado parking reservado sólo para visitantes ilustres. Mi fiel disfraz de Espectro, descansaba en el asiento de al lado. Me acompañaba todos los años, aunque por razones obvias, no era el mismo. No se puede negar, que no desperdicio nada y que sé sacarle partido a las cosas materiales. Salí ya disfrazado. La máscara blanca y el tricornio, ahuyentarían suspicacias acerca de la peculiar palidez de mi rostro y, al abrigo de miradas indiscretas, podría mezclarme con los humanos sin temor a ser importunado. Mis miedos, son relativos, ya que, sinceramente, siempre llevo las de ganar. De entre mis ropajes negros, aparecieron como por arte de magia las llaves del coche, que fueron depositadas en manos del muchacho que se ocupaba de cuidarlos. Y apenas mis sentidos quedaron libres para ocuparse de otros menesteres, comprobé con fastidio, que no era el único que por allí andaba. Lo olí a distancia…

Entre el hedor de los canales, las notas de Mozart que se filtraban por las ventanas del palazzo, las luces de las antorchas de la Piazza

San Marco, sentí su olor. -

-César…- gruñí sin poderlo evitarlo. Decidí que no iba a ser él quién iba a amargarme la fiesta. Llevaba cinco años esperando y no iba a renunciar a Isabella de nuevo. Ah, Isabella…

Ella no lo sabía, pero en una vida anterior, ya había estado entre mis brazos. Tenía quince años y estaba a punto de casarse con un mercader de seda, amigo de su padre. La conocí en La fiesta de las Marías, bailando al ritmo loco del Carnaval. Ya parecía una muñeca, de tan delicada y aniñada. Me enamoré como un colegial, y ella, me correspondió hasta que el amanecer hizo acto de presencia, y yo la maté, en la escalinata de la Catedral. ¿Soy un monstruo? Desde luego que sí. Pero César no lo es menos. Avancé entre la multitud de máscaras y lujosos vestidos. Brillos, plumas, lentejuelas… oro y plata de mentira, perfume caro, hedor de canal… A lo lejos, vi a Isabella. Idéntica a como era entonces. Hermosa, clara, niña… con sus rizos rojos escapando en cascada por su espalda, cubriéndose precariamente con un antifaz de terciopelo verde esmeralda, a conjunto con el traje de época. Sin duda, mucho más lujoso que el que lucía la primera vez que la vi. Cinco años llevaba esperando a que madurara. Pero a pesar de los veinte con los que contaba ya, seguía pareciendo que tuviera quince hermosas primaveras. Me quedé en medio de la multitud. ¿Qué mejor escondite para algo que ponerlo a la vista de todos? -“Carnaval, en una Venecia gris por las piedras de sus fachadas y porque, a veces, se duerme en la niebla…” El susurro me sobresaltó. Y al mirar a mi lado, encontré a César, acechando a mi Isabella.

-Lárgate monstruo.

 César no pudo contener la risa. Tiene una risa varonil y tintineante, perfecta como todo él. Iba enteramente vestido de blanco, con medias de seda, casaca bordada con adornos de marfil, y chorreras de encaje inmaculado. El precario antifaz, níveo e impoluto, dejaba entrever unos ojos sedientos, un ansia mal disimulada. Era tan hermoso como fastidioso.

-¿Qué haces tú en la Serenísima? ¿Acaso no sabes que tu sola presencia es un insulto?

-No más que la tuya.- respondí más que acostumbrado a sus impertinencias.

-Ah, ya… Isabella… la hermosa niña… qué suerte has tenido… ha vuelto reencarnada después de que te sirviera de cena…

-No me sirve tu reproche. Tú haces lo mismo.

-Oh, bueno, yo al menos, luego no lloro lágrimas de cocodrilo, querido Víktor.

-¿Acaso yo he derramado una lágrima por ella?-

-Puede que no tus ojos, pero yo te oí aullar aquella noche, a causa del dolor de la pérdida que tú mismo provocaste…

Qué ironía…La presencia de César se me estaba haciendo tan molesta como había supuesto que sería. No lo había visto en cuarenta o cincuenta años, pero hubiese podido pasar muchos más sin verlo. No era como otros de nuestra especie. Era francamente molesto.

-Sabes que el amor entre humanos y los de nuestra raza no llega a mucho más.

-Por eso vienes aquí en busca de ella… en fin. No seré yo quien te diga lo que tienes que hacer. Disfruta Víktor. Ya nos veremos por ahí…

Si algo me extrañó de la conversación, fue la poca insistencia de César en amargarme la velada. En otras ocasiones no había tenido reparos en perseguirme, boicotear mis intentos de acercarme a posibles víctimas, fastidiarme hasta el punto de sentir deseos de cometer el único crimen que no nos está permitido: matar a un semejante. César me había colocado muchas veces en la raya y me había tentado otras tantas a cruzarla.

Decidí no hacerle demasiado caso. Tal vez tuviera algo mejor que hacer. O si no lo tenía, a mí no me importaba. Lo único que podía ver, era la danzante presencia de mi Isabella reencarnada, esperando saciar mi sed de nuevo después de un beso como el que me regaló la misma noche, doscientos años atrás. Avancé entre las emplumadas parejas, que destrozaban un minué con su patosería y su vulgaridad.

Pero ocurría algo curioso… cuando creía que avanzaba hacia mi hermosa dama vestida de verde esmeralda, más me alejaba de ella. Sorprendido, lo intenté de nuevo. Por mucho que yo intentara avanzar, a la derecha, a la izquierda, arriba o abajo, ella siempre parecía estar a la misma distancia de mí, eso sí, siempre entre la multitud…

Usé todas mis armas: mi velocidad sobrenatural, mis mejores estrategias, pero no conseguía ni acercarme ni un paso a ella, que danzaba ahora con un desconocido, ahora con otra dama… De pronto, lo entendí. Un detalle que sólo yo pude percibir, me llevó doscientos años atrás, en las escalinatas de la Catedral, cuando ella agonizaba entre mis brazos, y yo huí presa del más absurdo dolor, envueltos cuerpo y alma en ropajes negros. Aún tenía vida… la luz del alba despuntaba ya en el puerto, y el frío mordía la piel. Pero aún poseía un hilo de vida… yo sabía que se apagaría…Miré con estupor a la pareja de baile de Isabella. Danzaba con suma gracia, prendida de la mano de César. Parecían dos ángeles sobre una nube de purpurina. Y cuando él susurró una impertinencia en su oído, una vulgaridad, seguro, provocando su sonrisa, lo comprendí todo, al ver entre sus rosados labios, el brillo inequívoco de un par de afilados colmillos…

 

 

Extraño VII

Richard vio la cabeza de Alexander rodar por el suelo, instantes antes de convertirse en cenizas. Aún blandía su espada cuando se dio cuenta de que Paul estaba en el suelo.

-¡Paul!- arrojó el arma y corrió a su lado.- Paul…- la sangre cubría su ropa y la comisura de sus labios. Paul se sentía débil, apenas podía moverse. Se sintió levantado en el aire mientras oía a Richard, que le hablaba, como si con sus palabras pudiera mantenerle vivo y consciente.

-Vamos, aguanta…- Richard, sacando fuerzas para no derrumbarse.  Paul entreabrió sus ojos verdes y le miró. Se sentía extrañamente relajado, sin fuerzas… difuso… tenía miedo…

-Richard… Nicola me ayudó…- Pero Nicola no había sobrevivido y ya era un montón de ceniza…

No hables…- le pidió Richard con la voz alterada por el llanto.

-Nicola lo intentó…- pero ya no pudo decir nada más. Se murió en brazos de Richard.

-Paul…- Richard sintió sus mejillas bañadas en lágrimas y abrazó el cuerpo sin vida de Paul, besando su frente, acunándole….- No me hagas esto…aún tienes mucho que vivir.- susurró en un oído que ya no le oía.

Eva y Eric aparecieron en ese momento.

Eric estaba aún de rodillas. No podía soportar lo que sentía en ese momento. Era como si estuviera hueco por dentro, como si su conexión con Paul se hubiese roto… Una mirada bastó para comprender lo que había ocurrido.

-No…- susurró aún agarrado a Eva- No, no…- se levantó poco a poco y se acercó a Richard lentamente, sin querer ver a Paul así, pero atrayéndole sin remedio. Era ir de cabeza al dolor. Richard le miró con lágrimas en los ojos y en las mejillas. Era una sensación extraña para alguien que no había llorado durante años. Levantó una mano para acariciar la nuca de Eric, que había caído de rodillas junto a él, tratando, dentro de su dolor, de consolarle.

No… no. Paul no… él no…  no, no no…

Lawrence y Soraya, recuperados ya de sus heridas, se reunieron junto a Eva, que contemplaba la escena sin saber qué hacer, invadida por el dolor y un repentino cansancio…

Richard acarició el rostro estático de Eric, que no transmitía ninguna emoción, que no era capaz ni de llorar.

-Eric, por favor, reacciona…- le pidió.

-Será mejor que los dejemos a solas…- sugirió Lawrence.

-Sí…

-Richard…- Eva se acercó a él y lo separó de Paul, mientras lloraba en silencio.- Richard… ven, ven…

Pronto en la sala sólo quedaban Eric y Paul, enmedio de la oscuridad, del silencio, por fin, de las cenizas… una batalla que Paul no había podido contar. Eric lo tomó por última vez entre sus brazos, pero nada tenía que er ese cuerpo inerte y frío con la piel que le había acariciado hacía unas horas. Sus manos ya no le abrazaban, su cuerpo no le buscaba, sus ojos estaban cerrados… Eric se apretó contra su pecho, mojándose con la sangre que le empapaba la ropa. Apoyó su mejilla en la de él y le meció entre sus brazos.

-Amor mío… no puedes dejarme aquí. No quiero seguir sin tí… no teníamos planes, pero yo te hubiera seguido donde me hubieras llevado…- Eric no podía llorar. Tenía la impresión de que por dentro estaba hueco, que sólo le quedaba la piel… Paul se había llevado el resto.

-Sin tí no puedo vivir…

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Llevaban  esperando unos minutos, y Lawrence no hacía más que mirar hacia la puerta. Estaba intranquilo. Un pensamiento terrible, una sospecha le atormentaba.

-Voy a ver a Eric…- esperadme aquí.-Se marchó, dejando a Richard en brazos de Eva, y Soraya acompañándoles.

Entró en la oscuridad de la sala. Eric seguía junto a Paul, sin soltarle.

-Eric…- susurró Lawrence.

Eric no pronunció palabra, pero agradeció el contacto de Lawrence en su hombro.

-No puedo sentir nada… estoy muerto. He muerto con él…

-Eric, ¿qué has hecho?- Lawrence recogió del suelo una de las espadas de Paul, manchada de sangre aún tibia. Lawrence lo levantó sin esfuerzo por las axilas, separándolo del cuerpo de Paul y cogió sus manos. Lucía dos profundos cortes desde las muñecas hasta la mitad del brazo. La sangre salía a borbotones por la piel cortada. Eric estaba ya muy débil, no pudo sino rogar.

-Lawrence, déjame morir junto a él…

-Eric… si tú supieras…- le dijo Lawrence. Lo tumbó junto a Paul en el sillón…- Paul aún no ha terminado, lo supe al entrar aquí. Y tú tampoco has terminado…

Eric le miró con los ojos entornados. La fuerza le abandonaba…

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Eva y Richard, estaban abrazados en un sillón, aprovechando cada minuto de vida, oyendo sus respiraciones y el latido de sus corazones. Richard estaba agotado. No podía y no quería moverse… había perdido a su mejor amigo, a la única persona que le comprendía con una mirada. Le habían arrancado un trozo del alma.

Eva, abrazada a él, se limpiaba alguna lágrima furtiva que rodaba por su rostro.

Lawrence entró lentamente en la sala. Sus pasos se oían como si fuese el único sonido que existía en el mundo. Entró en la sala y les miró, derrotados en el sillón. Sin duda esperaban la salida de Eric. Alguien que no saldría de aquella habitación. Lawrence bajó la mirada al suelo. Como príncipe de una tribu, era lo suficientemente fuerte como para dar aquella noticia. Como amigo ya, de aquel curioso grupo, no lo era.

-Escuchadme un momento, por favor… Eric…- tenía que ser valiente, aunque su fuerza flaqueó cuando Eva se incorporó en el sillón- Eric…

Eva sintió como si de un golpe la hubieran lanzado al vacío. Al comprender, su labio inferior comenzó a temblar en un incontrolable puchero. Le creía capaz… sabía que era cierto… amaba a Paul como jamás había amado a nadie… era capaz…

-Ninguno de los dos está muerto aún.- Siguió Lawrence.

Richard iba a decir algo, pero calló. presentía el significado de aquella respuesta.

-Antes de morir, Nicola le dio su sangre a Paul. Por eso murió Nicola. Paul había perdido mucha de la suya, y la sangre milenaria de Nicola le ha convertido en uno de los nuestros. Yo le he dado la mía a Eric. Me ha conmovido que quisiera morir antes de perderle. Hacía mucho que no veía un amor así, y pensé que se merecían una segunda oportunidad…

Soraya, se levantó, arrastrando su vestido desgarrado y se refugió en brazos de Lawrence. Él la abrazó con ternura y le acarició el cabello.

-Nuestra vida no es fácil… como la de cualquiera. Muchos peligros nos acechan, y ellos apenas han tenido contacto con nosotros. No son protegidos nuestros, pero poseen cualidades que sin duda les hacen merecedores del don. Siempre pueden elegir.

-¿Puedo verles?- Pidió Richard.

-Ya no son humanos… tampoco vampiros aún. Ahora son sólo dos cadáveres. Ahórrate ese dolor. Te lo digo como amigo.

-Está a punto de amanecer.- dijo Soraya.

-Vámonos a casa… por favor, venid con nosotros. A pesar de estos tristes momentos, nos habéis librado de nuestra amenaza. Sed nuestros invitados… a ellos los protegeremos del sol en habitaciones selladas.

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Volvieron a su habitación, derrotados, a la cama. Sólo deseaban verles despertar. Pero eso no ocurriría hasta la noche siguiente, según les había explicado Lawrence.

Eva decidió callar. Richard se sentía tan mal y tan esperanzado a la vez que no sería capaz de encajar algo así aquella noche.

-¿Cómo te encuentras?-Susurró ella.

-No lo sé… no sé qué decirte. Ojalá pudiera dormir ¿tú tampoco puedes dormir?

-No…

-Eva… ¿crees que volverán?

Ella suspiró.

-Si, lo creo. Aunque no sé cómo…

-¿Serán los mismos?

-Tampoco lo sé.- dijo Eva acariciando su pelo castaño.- Trata de descansar…

-No puedo… cada vez que cierro los ojos, Paul se muere en mis brazos…

Y antes de que las lágrimas volvieran a sus ojos, Eva recitó el antiguo hechizo que le hizo caer en un pesado sueño. Con uno de los dos que sufriera, ya había suficiente.

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Lawrence entró en la habitación donde reposaban Paul y Eric. Abrió con la llave que llevaba colgada al cuello. Apenas hacía unos minutos que se había puesto el sol. Pero no quería arriesgarse a que uno despertara antes que el otro y se encontara en una situación horrible.

Se sentó en la cama de Paul, a su lado. Por orden, debería ser el primero en despertarse. Lo miró detenidamente. Qué frágil parecía. Pobre humano, qué mal lo había pasado en su primera vida. Ojalá ésta fuera mejor. Permaneció a oscuras, sentado en su cama durante dos horas más. Para Lawrence, el tiempo no importaba, tenía todo el del mundo. Y media hora después de la medianoche, Paul entreabrió los párpados. ¿Dónde estaba? ¿qué había ocurrido? Recordó… Richard… cada vez todo estaba más borroso. Eric… le echaba de menos. Recordó: un cuchillo en su estómago, la vampira rubia, calor, miedo, sangre…¡sangre! Se levantó de golpe hasta quedar sentado.

-¡No!, ¡No!- gritó en la oscuridad. Un par de manos salidas de lanad agarraron con fuerza sus muñecas para mantenerlo quieto.

-Paul, tranquilo… no te ocurre nada, estás bien.

-Pero, Richard… Eric…

-Escúchame: ¿puedes verme?

-Sí,si que puedo.

Lawrence le sonrió.

-¿Y no encuentras nada extraño en poder verme en una habitación a oscuras?

Paul se quedó quieto… no sólo podía verle a él, sino que también podía contar las arrugas de la sábana bajo sus piernas y podía oír con claridad el leve borboteo de la fuente del claustro.

-Lawrence ¿qué me ocurre?

-No te voy a mentir. Ahora perteneces a otra raza. Ahora eres un vampiro. Nicola quería curarte, pero habías perdido tanta sangre que prácticamente su sangre sustituyó la tuya.

-¿Y Nicola?

-No sobrevivió.

Paul le miró muy seriamente.

-¿Soy un vampiro?

-Si, y Eric también.

-Eric…- Paul se agitó nervioso -Eric…

-Espera, espera un poco. Eric aún tendrá que despertar.

-¿Despertar de qué?- Paul sentía sus ojos húmedos. No, Eric no…

Lawrence por fin soltó sus manos y le apretó cariñosamente los hombros.

-Eric te creyó muerto… todos los creímos hasta que noté la sangre de Nicola por tus venas. Cuando fui a contárselo, Eric se había cortado las suyas. Quise evitar la segunda parte de Romeo y Julieta y le di mi sangre. Sólo quería que tuviérais una segunda oportunidad…

Paul se frotó los ojos.

-¿Y qué vamos a hacer ahora?- susurró, no sabiendo muy bien si se lo decía a Lawrence o a sí mismo.

-Me gustaría que os quedárais aquí, conmigo. Voy a necesitar ayuda y Soraya también. Hay muchos que se han quedado sin príncipe.

-Pero yo no pertenezco a este mundo. Soy un accidente, no soy un protegido que espera con ansia ser convertido…

-No, no lo eres, pero eres leal, valiente y generoso. Puedes hacer mucho bien si aceptas mi ayuda…

-Lawrence, perdona si te parezco un estúpido, estoy confuso…

-Tómate tu tiempo, y para que puedas pensar, te dejo con Eric. Cuídale, despertará nervioso, pero si te ve, se tranquilizará.

-No te vayas muy lejos, Lawrence…- le pidió Paul.

-Tranquilo, estaré en la biblioteca…  cualquier cosa que necesites, llámame.

Paul asintió.

Gracias, Lawrence…

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Paul se sentó a su lado como Lawrence había hecho antes con él. Estaba cubierto de sangre por todas partes. Sangre seca que comenzaba a molestarle.

Eric también estaba lleno de sangre, toda la ropa, el rostro, el cabello… le acarició la mejilla. Paul no sabía qué pensar, ni qué decir. Sentía en corazón encogido, y estaba asustado.

Por favor, que se despertara… Se acercó a él y miró sus muñecas. Estaban llenas de la pegajosa sangre, pero limpias de cortes. Se miró el estómago manchado, pero sin heridas. ¿Porqué se había suicidado? Él aún tenía vida…

Se tumbó a su lado, invadido por una pesada sensación de tristeza, de estar perdido, de no dominar la situación. ¿Y Richard? ¿Dónde estaba?

Volvió a levantarse inquieto. Pero no salió de la habitación. Eric no podía quedarse solo. Topó con su imagen en el espejo. Su piel, más clar, más transparente, sus ojos verdes, mucho más claros… y un inquietante par de colmillos bastante desarrollados… Nunca le habían gustado los vampiros.

Eric se movió. Una leve inclinación de cabeza. Paul volvió precipitadamente a su lado. Extrañamente mucho más rápido de lo que podía haber soñado nunca.

-Eric, Eric…- cogió con su mano que se agarró con fuerza a sus dedos… abrió los ojos muy despacio…

Paul le sonrió.

-Hola ¿cómo estás?

-Estás vivo…

-Y tú tambien…- dijo sonriendo.

-Te tuve entre mis brazos y estabas muerto…- las lágriman anegaron sus ojos, por fin. Era un alivio poder llorar.

-Lo estuve, pero ha ocurrido algo. A los dos.

-No podía vivir sin tí.- Eric lanzó los brazos alrededor de su cuello, y Paul besó su frente y acarició su cabello, tratando de calmar su desaforado llanto.

-Estamos juntos de nuevo y esta vez, me atrevería a decir que para siempre…

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Eva salió de la habitación donde aún dormía Richard. Quería asegurarse de que Paul y Eric habían vuelto de la muerte antes de despertarlo. Buscó a Lawrence y no tardó mucho en encontrarle en la biblioteca.

-Eva… ¿cómo estás? Pasa…

Ella sonrió y se sentó frente a él.

-Bien…

-¿Seguro? No tienes buena cara…- aquel comentario resultaba gracioso viniendo de él.

-¿Quién la tendría después de lo ocurrido?

Lawrence la miró y sonrió. Sus transparentes ojos azules, la observaban… tan insistentemente que ella al final, levantó las cejas en un gesto que quería ser interrogativo.

-Eva… ¿no has notado nada?

-¿Te refieres a…?

-Esperas un niño.

-Me lo dijo Eric. ¿Porqué no noté nada?

-Supongo que al ser medio humano, no puedes detectarlo aún. Puedo percibir la vida en tí tan claramente… ¿Lo sabe Richard?

-No… mi futuro está entre los míos, en mis dominios. No sé si él querrá vivir allí.

-Hasta que no se lo preguntes no lo vas a saber.

Eva le sonrió y se ordenó la larga melena rizada.

-Tienes razón, pero hablaré con él después. Quería preguntarte por Paul y Eric.

-Han despertado los dos. Se están lavando y cambiando de ropa.

-¿Qué va  a ocurrir con ellos? Mis pobres chicos…- se lamentó ella.

-Bueno, aquí hay espacio de sobra. Mi tribu ha regresado  y la de Soraya también. No estarán solos y necesitamos su ayuda. Aquí estarán bien.

-Eric lleva muy mal los cambios. Le costará adaptarse…

-No con Paul a su lado. Si hay algo que puede con todo, es el amor. Y eso también va por tí, querida bruja.

-Espero que tengas razón.

-Lo he visto muchas veces. Sé que la tengo. Anda, despierta a Richard. Seguro que Paul y Eric no tardan en bajar.

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Sus sentidos estaban disparados. El tacto, el oído, la vista, el olfato, incluso su intuición, estaban llegando a cotas inalcanzables. Nada se les escapaba.

Entre el vaho del agua caliente, se perdía en la mirada gris de Eric, que se dejaba lavar la sangre seca con una esponja y jabón. Él le miraba con todo el amor del que era capaz.

Paul soltó la esponja y le abrazó la piel desnuda y mojada con su propia piel.

-Te amo- le susurró al oído

Eric como única respuesta le cogió por las mejillas y le besó. Si sus besos antes del cambio le enloquecían, su hiperdesarrollado sentido del gusto y del tacto, le situaban ahora frente a un estímulo que le llevaba al borde de la locura… de la que no tenía vuelta atrás.

-Y yo a ti- le dijo Eric por fín.-No sabes cuánto.

-Si me has seguido más allá de la muerte, puedo hacerme una idea…- susurró Paul.

Eric apoyó la cabeza en su hombro y se dejó acariciar.

El cúmulo de sentimientos hirientes, de sensaciones nuevas les tenía anestesiados. Sencillamente no sabían qué hacer.

-¿Crees que nos las arreglaremos bien? – preguntó Eric.

-Claro, Lawrence nos ayudará… ¿cuándo me he convertido yo en el fuerte de ésta relación?- Paul sonrió y Eric se contagió de su sonrisa.

-Te sienta bien tu nuevo color de ojos… y los colmillos. -Dijo Eric inspeccionando su nuevo rostro.

-Oh, calla, no me gustan los vampiros…

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Richard se paseaba nervioso por el claustro. Hacía una noche muy hermosa y clara y había decidido esperar allí. Eva jugueteaba con el agua de la fuente, pensativa…  Tantos recursos tenía como bruja y tan pocos como mujer… le observó. Era todo lo que ella quería. Y le devolvió la sonrisa.

Por fín, Paul y Eric aparecieron en el claustro, paseando tranquilamente, con una sonrisa en los labios. Un poco asustados por el efecto que iban a causar en Richard y en Eva.

-Paul…- Richard le vio y echó a correr hacia él, fundiéndose en un emocionado abrazo.

-Lo siento tanto, Richard…

-Calla tonto…- Richard mantuvo abrazado a Paul con un brazo y el otro cazó a Eric para aplastarlo contra su pecho.- Y tú, gilipollas, también me lo has hecho pasar mal…

Después fue Eva quien terminó en sus brazos, y no pudo reprimir las lágrimas al tener de nuevo al capitán con ella.

Charlaron y charlaron. Apenas podía Richard creer que estaba Paul vivo. Horas antes, lo tuvo muerto en sus brazos.

-Ahora somos de otra raza. No nos sirven los esquemas de antes.- dijo Eric

-Lo comprendo- dijo Eva.- Te voy a echar de menos, Capitán. Pero debes seguir tu vida.

-Estaremos cerca- dijo Paul- El mundo ya no tiene fronteras para nosotros.

-¿Ah, pero alguna vez las tuvo?- dijo Richard- si las tuvo no lo sabíamos… Oh, señor ¿qué voy a hacer sin tí, Paul, eres mi conciencia, mi grano en el culo…

-Ser feliz, Richard. Ya ves qué fácil es estar aquí y al minuto siguiente no estar.

-¿Y toda la gente que aún queda por ayudar?-preguntó Richard.

-Eh! ¿Quién ha rescindido el contrato? Vampiros o no, seguimos necesitando trabajo…

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¿Sabes? la vida me sorprende a cada minuto. Cuando  ya creía que iba a irme de éste mundo sin saber lo que era la felicidad, apareciste tú para dármela. No quiero separarme de tí. Si en tu mundo no admitís humanos, viviré en las montañas, y te visitaré todos los días.

-Richard, mi gente te acogerá como uno más. No somos como los humanos. Allí sabemos vivir en paz. Además, me imagino que querrás ver crecer a tu hijo…

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Extraño VI

Todo estaba preparado ya. Todo planificado hasta el detalle, tratando de calcular el más mínimo imprevisto, buscando a una solución a culaquier hipotética y pequeña crisis que llevara al desastre la misión. Noche cerrada, de luna casi llena, apenas un pequeño filo que se desdibujaba por la parte superior derecha del astro. En el coche, silencio, temor oculto tras fachadas de suficiencia, de saber estar, de ser conscientes de lo que cada uno era y de sus posibilidades. Temor a perder la vida, y más en aquel momento, en el que sus cuerpos estaban en peligro, pero sus almas, completamente a salvo, arropadas en las almas de otro.

Todo estaba organizado: Los brujos se llevarían al Primero. Los humanos se quedarían a asesinar al vampiro.

-¿Pero quién os protegerá a vosotros?- dijo Eva. Richard suspiró, y trató de dibujar una sonrisa que la tranquilizara.

-Nos protegeremos nosotros, no te preocupes.

Paul y Eric se miraron a los ojos, tratando de repetir en silencio la misma conversación que mantenían Eva y Richard. Sería estúpido decirlo también en voz alta, pero el pensamiento era el mismo: dos humanos armados hasta los dientes, pero desvalidos frente a otras razas que poseían medios naturales más que suficientes como para hacerlos desaparecer sin rastro alguno. Bajaron del coche, y llegaron a la puerta del club. Se perdieron entre el gentío que bailaba al ritmo de una canción de Front 242.

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Todo empezó a ir mal cuando Eva y Eric, aparecieron materializándose de la nada, dentro de la tumba del ángel de piedra.

-Qué oscuro…- se quejó él.-No puedo ver nada…

-Deja que tus ojos se acostumbren…- le sugirió ella mientras se arrastraban casi cuerpo a tierra hacia el ataúd que reposaba allí dentro.

 Pronto llegaron al macabro objeto, y se asomaron a su interior por la abertura que dejaba una tapa imprevistamente abierta… Los dos se dieron cuenta de que aquello iba a resultar más difícil de lo previsto, y sus miradas se cruzaron el la oscuridad del recinto, con expresión de preocupada sorpresa…

 -No está…

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 El entrenamiento paramilitar recibido, les había hecho pacientes. Al menos en apariencia. Sabían que tenían que esperar la señal de Eva y Eric para entrar tras aquella puerta, que bien podría ser la del infierno si no jugaban bien sus cartas. En cuanto el Primero estuviese bien lejos, en su casa, en su mausoleo del cual no debía haber salido nunca, ellos iniciarían la ofensiva por sorpresa.

No sabían cuan sigilosos sus características humanas les permitirían ser, pues los vampiros les detectarían inmediatamente, pero al menos, contaban con el factor sorpresa, y la mezcla del olor de los humanos de la sala de baile, les daría una pequeña ventaja frente al privilegiado olfato de un chupasangre.

Esperaban cada uno en una punta del local, para tener una mayor visión. Richard vio a Nicola paseando solo, y a otra mujer, de largo cabello oscuro, que le acompañaba. Debía de ser Soraya. Lawrence, les observaba de lejos. Paul también les había visto. Y hacían que se sintiera un poco mejor, más acompañado…

“El primero no está donde lo dejé… reunámonos en la escultura del ángel”

Paul y Richard habían recibido el mensaje, susurrado directamente a sus neuronas, sin necesidad de pasar por sus oídos. Lawrence, Nicola y Soraya, también lo habían escuchado. Y desde sus diferentes posiciones, se escurrieron tras la puerta de las escaleras… Apenas los cuatro divisaron la estatua del ángel, Eva y Eric aparecieron de la nada.

 -No está…-dijo Eva angustiada.

 -¿Y dónde ha podido ir?- se lamentó Nicola, desesperado, temiendo las consecuencias de aquella desaparición.

- No habrán adelantado el ritual…

 -El eclipse es mañana, no esta noche…- recordó Paul.

-Se debe haber despertado…- dijo Nicola, paseando arriba y abajo, casi flotando sobre aquel mar de mármol.

Oyeron voces, leves pasos que se acercaban… no convenía que nadie les viese allí. Los tres vampiros se largaron a la velocidad del rayo, y Eva y Eric, agarraron cada uno a su humano y desaparecieron tan rápido como habían llegado… Reaparecieron en una habitación distinta. Eva miró los ojos azules de Richard y susurró

 -Me siento culpable… creo que yo le desperté anoche…

-Mejor para él. Iban a dejarlo seco.- opinó Richard.

- Pero hay que encontrarlo antes que los otros. O puede que se enfade…

Paul y Eric, también lo buscaban por cada una de las habitaciones de aquella casa subterránea. Procuraban no alertar a nadie, haciendo el menor ruido posible, no evidenciando su presencia…

 -¿Dónde se puede haber metido?- dijo Paul

- Y cómo encontrarlo, si ni siquiera sé qué aspecto tiene…- se lamentó.

-Yo tampoco lo sé, pero creo que le reconoceremos- dijo Eric echando a andar de nuevo.

-Pensemos con un poco de calma…- Paul le agarró del brazo para detenerlo…-¿Dónde irías tú si acabaras de despertarte de un sueño milenario?

-No lo sé. Aún no he cumplido treinta años…- dijo Eric conteniendo una sonrisa.

Paul no tenía humor para bromas en aquel momento.

-¿No te irías directo a desayunar?- Susurró Paul, mirando fijamente, viendo cómo empalidecía el rostro de Eric.

-Está fuera… Y no hizo falta que Paul le pidiera que se transportaran a la sala de baile…

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La idea corrió de cerebro en cerebro, tanto inmortal como humano, y pronto el grupo al completo, se reunió en la sala. Imposible no verlo… Deambulaba de un lado a otro, aturdido por la gente, desubicado, nervioso… Era un hobre muy grande con unas facciones muy duras, de piel blanca , donde se marcaban venas azules, como una red debajo de una fina capa de tejido transparente. Su única ropa, era una escueta falda dorada, sin adornos ni calzado.

-Ahi, está…- susurró Eva al oído de Richard.-Parece perdido.

 -Está en un ambiente extraño para él…- Buscó a Nicola con la mirada. Éste no le quitaba ojo de encima, aunque parecía que tampoco se atrevía a acercarse a él.

-Bueno, alguien tendrá que ir a por él, ¿no?

 -Señora, no…- Eric la cogió de la mano, pero ella se le escapó. Y Eric sintió algo extaño en el tacto de Eva. Empalideció por enésima vez esa noche. Y después buscó instintivamente la mirada de Richard, que se la devolvió sin comprender…

-¿qué te pasa?- Acabó preguntándole éste.

-Nada, nada… creo que mi imaginación me está jugando malas pasadas hoy…

Eva avanzó entre la gente. Sólo esperaba que le recordara de su anterior visita, cuando aún dormía en su tumba bajo el ángel. Y esperaba que la catalogara como no peligrosa. Ojalá pudiera comunicarse con él… Procuró acercársele de frente, no quería sorprenderle, pues sin duda reaccionaría defensivamente, y dudaba mucho poder escapar del ataque de un ser milenario. Estaba asustada, intimidada por su presencia y los poderes que sabía que poseía y que aún no había mostrado. A pesar de todo su temor, le llamó. No pronunció palabra alguna, pero le habló a través de su mente, lo más dulcemente que supo.

“Soy la bruja ¿me recuerdas?”

 Él dirigió su mirada dura y perdida hacia la joven de amplia sonrisa y rizos negros que le tendía los brazos. En su cabeza sólo había confusión y la música machacona que no paraba un momento, sin ayudar mucho a su concentración. Le era vagamente familiar… Eva se acercó muy despacio, sin relajar la sonrisa de su boca. Él permanecía quieto, empujado por los descerebrados que bailaban en la sala sin ser conscientes de que aquel tío raro podía liquidarlos en décimas de segundo. Eva se detuvo a un metro de él, se llevó los dedos a los labios, después a la frente, y finalmente le señaló. Él no comprendía… seguía aturdido…

“Ven conmigo…”

Él observó sus manos extendidas hacia él, y la presencia amigable de la joven.

 ”Sólo quiero ayudarte…”

-No puede comprenderte… sólo habla una lengua extinta siglos antes de las primeras civilizaciones…- Nicola estaba tras ella. Por fín había conseguido vencer su miedo y acercarse…

Se puso al lado de Eva y se inclinó para arrodillarse frente a él, y tocar con la frente el suelo. Ceremoniosamente se levantó bajo la fría mirada de aquel ser que aún no había abierto la boca. Le habló en una lengua que Eva no pudo comprender, y vio que el rostro del Primero cambiaba, reconociendo su lengua. Eva les vio hablar en ese idioma desconocido; el Primero parecía muy enfadado. Gesticulaba y señalaba a su alrededor, encendido de pronto en una vitalidad hasta ahora desconocida en él. Por sus gestos se adivinaba la indignación que le invadía. Paul, Eric y Richard les observaban desde lejos.

-Si necesitamos algo es que se tranquilice…- Susurró Richard.

-Esto no me gusta… voy a sacar a los vampiros de aquí. Presiento que no están seguros…- dijo Eric.

Nicola y el Primero, hablaban en su antigua lengua, que sólo ellos comprendían.

-¿Qué tribu es ésta que se dedica a alimentarse a la vista de los humanos, a bailar como posesos? ¿Qué clase de respeto es el que guardan por los Acuerdos de su raza?- Bramaba furioso.

Nicola agachó la cabeza.

 -Mi señor, es una tribu rebelde. Los Antiguos vigilamos a todas las tribus de la Tierra en su nombre y ninguna salvo ésta se ha comportado así nunca.

-¿Y qué confianza podemos tener en una gente que no salvaguarda nuestras tradiciones?- Rugió encendido.

-Ésta mujer es la reina de los brujos, está aquí junto a otro brujo y dos humanos que…

El Primero no le dejó terminar. Desvió su mirada a la bruja. No sabía si reina, pero bruja era…

-¿Acaso ya no somos capaces de resolver nuestros propios problemas?

 -Desgraciadamente no… el príncipe de esta tribu ideó el beber su sangre para hacerse con el poder. Por eso está aquí…

El Primero vio cómo un vampiro se alimentaba de una muchacha en una esquina oscura.

-¡Ya no existe la tradición! ¿Hay alguna norma que no se transgreda en ésta casa?

Eva le vio gritar enfurecido. Presintió que algo iba a ocurrir y sin pedir permiso, cogió a Nicola de un brazo y desapareció con él. Suerte que Eric, atento, se había llevado a Soraya y a Lawrence, porque el Primero, decidió castigar a los presentes de la manera más dura de la que era capaz, y la que sólo a él le estaba permitido utilizar… Extendió los brazos y comenzó a emitir unos débiles destellos de luz que aumentaron de intensidad muy rápidamente…

 -¡Al suelo!- gritó Paul llevándose a Richard de un salto, detrás de un sillón. Allí tirados, uno encima del otro, vieron un deslumbrante destello. Enterraron la cabeza entre los brazos para proteerse mientras oían gritos agonizantes y desesperados, y un nauseabundo olor a carne quemada lo invadió todo. Y tras unos interminables instantes, el silencio. Richard se incorporó un poco, mientras impedía que Paul se levantara, poniéndole una mano en la espalda. Vio al Primero, en medio de la sala, en la cual sólo quedaban un puñado de humanos entre montañas de ceniza. Había matado a todos los vampiros de la sala, o tal vez a todos los del local… Ojalá Eva y Eric se hubieran llevado a los suyos bien lejos…

Richard no dejó que Paul se moviera del suelo. Le vio moverse por la sala ya vacía. Los pocos humanos que quedaban, huían corriendo y sólo quedaba una música atronadora, en un local vacío. Richard supo que si se movían, estaban muertos. La luz había matado a los vampiros, y no a ellos, pero estaba seguro de que aquel ser poseía recursos suficientes para acabar con humanos también.

Paul se concentró. Necesitaba que Eric le escuchara… la conexión que le unía a él tenía que funcionar, aunque él no pudiera articular palabras como Eric hacía, a través de la mente, tenía que sentir que le llamaba. Necesitaban que los sacara de allí. Ya verían lo que hacer con Alexander después. Y Eric le oyó. Se había llevado a Soraya y a Lawrence a pocas calles de distancia. Desde allí, habían contemplado horrorizados el intenso resplandor. Al menos seguían allí.

 -¿Entramos?- sugirió Lawrence.

-Sí… Paul me necesita… El espectáculo aterrador del club se mostró ante sus asombrados ojos.

-Los ha matado a todos…- gimió Lawrence…

-¿Y Alexander?- preguntó Soraya Su pregunta se contestó sola cuando la puerta de las escaleras, se abrió violentamente y apareció Alexander bramando maldiciones.

Eva y Nicola aparecieron en mal momento… Eric supo que tenía que sacar a Paul y a Richard de allí. Eran los más frágiles. Así que apareció de la nada a su lado.

 -Padre…- Nicola se arrodilló frente al Primero y le habló en su lengua.- Aquí tienes a su príncipe. Créeme cuando te digo que los otros no tienen la culpa de su ambición…

Nicola no pudo seguir hablando ya que Alexander se le abalanzó encima, dando un espectacular salto, intentando matarlo.

-¡Traidor!- gritó antes de rodar junto a Nicola por el suelo, con los ojos inyectados en sangre, clavándole los dientes en la garganta. Pronto, los otros vampiros del siniestro cónclave aparecieron en la sala y pronto aquello se convirtió en el mismísimo infierno. Eva y Eric iban a cumplir con su cometido de llevarse de allí al Primero. Cuando vieron que su semblante comenzaba a enfurecerse de nuevo, cogieron aire, y corrieron hacia él. Y antes de que pudiera hacer nada saltaron sobre él y desaparecieron los tres en el aire…

Richard y Paul salieron de su escondite. Los brujos habían cumplido con su parte. Ahora los humanos debían cumplir con la suya. Lawrence y Soraya también luchaban con todas sus fuerzas. Richard empuñó su espada y atacó a Alexander, que trataba de acabar con Nicola. Paul sacó sus espadas y cruzando sus filos, le cortó la cabeza a uno de los vampiros que se le venían encima, furiosos.

El club era un sangriento campo de batalla con vampiros que saltaban a alturas imposibles, colmillos hundiéndose en carne, espadazos, mandobles… La lucha era agotadora y duró una eternidad. Nicola estaba gravemente herido, otros, habían muerto. Richard mantenía a raya a duras penas a Alexander y Lawrence y Soraya, luchaban enfurecidos… Parecía el infierno…

Paul se quitó de encima a otro vampiro y corrió a socorrer a Nicola, atacado por la rubia ayudante de Alexander, aprovechándose de su debilidad por las heridas sufridas. Paul levantó los dos filos, con toda la intención de clavarlos en la nuca llena de rizos rubios de la vampira, y en un movimiento apenas visible, ella se dio la vuelta y le clavó una daga en el estómago. Nicola, a pesar de sus heridas, reaccionó con la misma rapidez que ella, y arrancando el cuchillo del cuerpo de Paul, lo enterró en la garganta de ella, que en un segundo se convirtió en un montón de ceniza…

Paul sintió un calor horrible, seguido por un mareo producto del miedo. Cayó de rodillas junto a Nicola que le alargó la mano, mientras una viscosa y templada humedad se deslizaba por su ropa.

-Paul, Paul… dame la mano… Paul vio su propia sangre caer a borbotones en el suelo, y sintió pánico.

 -Nicola…- dijo desesperado, respirando alocadamente.

-Paul, dame tu mano…- Nicola no podía recuperarse con facilidad de sus graves heridas y su sangre aún tardaría en curarle… quería darle un poco a Paul para cerrar su herida. A un humano lo curaría antes. Paul cayó de bruces en el suelo, junto a Nicola.

————————————————–

Eva y Eric aparecieron en una enorme sala hecha totalmente de piedra arenisca. El Primero estaba entre ellos, y lo sujetaban cada uno de un brazo. Al llegar a aquel lugar, él se revolvió furioso y ambos rodaron por el suelo.

 -¡Eva!- Eric corrió hasta ella y la ayudó a levantarse cogiéndola por las axilas.

-¿Está bien, señora? -si… sólo ha sido un revolcón…

Eric la miró a los ojos.

-Señora… ¿no lo nota?

-¿El qué?- ella no comprendía lo que Eric quería decirle. Él le puso la mano en el vientre y la miró a los ojos.

 -Está concibiendo…

Eva clavó sus ojos negros en los grises de Eric sin poder creerle. ¿Cómo no lo había notado? El Primero les gritó algo en su lengua incomprensible…

-Ya estoy harta de su mal genio. Ahora me va a oír a mí…- Eva se zafó de los brazos de Eric y se acercó a él. Con decisión, agarró una de sus enormes manazas y se la puso en la frente… No iba a necesitar palabras para decirle lo que le tenía que decir… Con su mente recreó toda la historia en imágenes. Poco a poco, a través de su contacto, le iba transmitiendo a él todos los acontecimientos, desde la primera petición de ayuda de Lawrence, hasta momentos antes de su llegada a aquella cámara de arenisca… Cuando terminó su relato, su expresión seguía siendo dura, aunque un poco menos agresiva. Supo que había comprendido todo lo sucedido. Y ocurrió algo alentador… el Primero, tomó con delicadeza la mano de Eva, y acercándola a sus gélidos y azulados labios, la besó.

Una especie de silbidos apenas audibles les sorprendieron y pronto dos vampiros se acercaron. Se quedaron plantado en medio de la sala, petrificados al ver al Primero moverse, vivir…

-Padre…- habló uno de ellos en su incomprensible lengua.

 Eric de repente, se sintió mal. Un dolor en el estómago como nunca había sentido, le arrojó al suelo, enmedio de una oleada de calor…

-¡Eric!- Eva corrió a su lado y se agachó junto a él…-Eric… ¿qué ocurre?

 -Paul…- él le agarró el brazo.- algo le ha ocurrido a Paul…

-Vámonos, nos necesitará- dijo ella. Eva le dedicó una última mirada al Primero y le hizo un gesto con la mano a modo de despedida. Mientras se transportaban de nuevo al club, le pareció ver un amago de sonrisa en su duro rostro.

 

Extraño V

Su bruja se acomodó entre sus brazos.

Qué hermosa, qué inocente, qué valiente… era un regalo del cielo. No quería que todo aquello terminara nunca para no tener que separarse de ella.

Eva abrió los ojos para encontrarse con la impresionante mirada de Richard, que la custodiaba en la penumbra de la habitación, tratando de que no se notase demasiado que sentía que se le estaba rompiendo el alma frente al sentimiento de pérdida, tan prematuro, que le evenenaba.

-¿No duermes?-le susurró ella acariciando el hombro desnudo en el que se apoyaba.

-Eres tan bonita que cerrar los ojos para dormir, es un desperdicio…- dijo sabedor del efecto que le produciría a ella, quien alargó la mano hasta la mejilla de Richard, dejando que él la cubriera de besos.

-A veces tengo miedo de que no me ames como yo te amo a tí- dijo Eva, mucho más sincera en sus palabras, práctica en la comunicación hasta en la intimidad, hablando siempre clara y directamente, como la reina que era.

-No quiero que digas eso… ¿cómo te lo puedo demostrar?

-Sólo queriéndome.

Richard sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. De repente, había sentido la amenaza fría y oscura, afilada, de lo que les esperaba afuera.

-Hagamos el amor otra vez- pidió él- Tengo miedo de que se haga de noche de nuevo.-Confesó asustado. Si podía desvanecer el temor entre los gemidos de ella, lo haría.

No podía recordar otra vez en su vida que fuese más tierna que aquella. Nunca antes el pecho de una mujer le había parecido tan acogedor, tan salvador, tan protector. Su pequeña y joven bruja, dieciocho tiernos años humanos, que ella contabilizaba en lunas, un cuerpo diminuto en comparación con el de él, más acostumbrado a los golpes que a las caricias. Hizo desaparecer sus pezones entre los labios todas las veces que quiso, acarició sin vacilar su sexo bajo las sábanas blancas, arrugadas, húmedas tras el primer choque… Eva sintió que su cuerpo se estremecía bajo sus caricias, mientras le apretaba contra su pecho. Él estaba absolutamente cautivado por ella. Todo era abandono por su parte, a la voluntad de la bruja. Por eso dejó que subiera sobre su cuerpo ansioso, mientras sentía sus manos aprisionando inútilmente unos antebrazos que no podía abarcar, empalándose en un sexo enhiesto, buscando cada vez con más desespero el placer. Aquella vez estaba siendo especial… 
Eva se frotó contra su áspero vello, lentamente, mirando con los ojos golosos y entornados, los ojos de Richard, acuosos por el deseo, hasta que un orgasmo indescriptible sacudió su cuerpo, a la vez que la semilla de él, inundaba su interior.

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Se despertaron cuando el sol estaba ya muy alto. Eran más de las dos y no querían levantarse. Eric descansaba sobre la almohada, cubriéndose los ojos con un brazo, dejándose acariciar el cabello. Paul se sentía como si fuesen aquellas sus últimas horas, como si estuviesen condenados a muerte.

-¿Qué te ocurre?- Susurró Eric, que sin mirarle sabía porque sentía como propia, la tormenta en el interior de Paul.

-Nada…-él sonrió.

-No me mientas…

Paul olvidaba a veces que Eric conocía su estado de ánimo como si fuera el suyo propio.

-Estoy asustado por lo de esta noche.

-Te comprendo. A mí también me ocurre…

Paul dejó de acariciar su cabello castaño, y se acomodó en la almohada mirándole. Eric, al notar que se movía, descubrió sus ojos para mirarle tan serio como siempre, con ese deje de tristeza que se encontraba en sus iris grises. Su semblante misterioso ocultaba un temperamento apasionado. Eric también sentía angustia. No quería ver el futuro. Nunca le había dado buen resultado hacerlo.

-Vamos a hacerlo otra vez.-Susurró Paul en su oído.- Si muero esta noche, quiero irme con tu recuerdo.

-No digas eso. Me duele oírlo como no puedes ni imaginarlo…

-Eric… tú eres un guerrero. Yo soy un mercenario. Y esta noche vamos a pelear… podemos morir

-Pero…- Eric se incorporó hasta sentarse en la cama, dejando que la sábana resbalara por su torso esculpido. Acarició el brazo de Paul hasta llegar a su mano- Es que me siento tan vivo…

-Nos sentimos tan vivos…- susurró Paul acariciándole la espalda.

Eric se tumbó a su lado y le abrazó, hundiendo su rosto en el cuello de Paul.

-Hagamoslo otra vez… te necesito tanto…

————————

El sol, siempre acuoso de aquella ciudad, entraba fotón a fotón por la ventana, mientras Richard trataba de absorber hasta el último de ellos. Se dio la vuelta para ver cómo entraba Paul en la cocina, con semblante serio.

-Buenas tardes…

-Hola Paul ¿un café?

-Por favor…

-Siéntate conmigo… yo te lo sirvo.

-Gracias, me harías un favor…

Cuando Richard regresó a la mesa, y le sirvió el café, sus miradas se cruzaron. Sabían de sobra cuál iba a ser la conversación. Se conocían demasiado…

-¿Cómo has dormido?- dijo Richard.

-Poco- respondió Paul con media sonrisa. Richard le apretujó cariñosamente el hombro. Se acercó un momento para susurrarle al oído:

-Felicidades. Te lo mereces.

-Gracias…- dijo Paul mientras sentía un comprometedor calor en las mejillas. Pocas veces hablaba en serio con él de aquellos temas…

-Bueno, ¿Cómo empezamos? El estratega eres tú…

-Estoy aterrado…- confesó Paul. Tenía un mal presentimiento- Ya sabes que no me gustan nada los vampiros…

-Mejor esperamos a estar todos juntos…

- Sí… sería mejor.

Un teléfono sonó, rompiendo la calma melancólica de aquella habitación. Richard metió la mano en el bolsillo y sacó su móvil.

-¿Lawrence? Pero si es de día… ¿sí?

-Richard, soy Lawrence.

-¿Dónde estás?

-En mi casa, encerrado en mi cuarto, esperando a que se ponga el sol.

-¿Porqué no estás en el asentamiento?

-Antes del amanecer, Soraya y yo volvimos. Nicola nos lo contó todo. Si tenemos que evacuar a nuestra tribu de la ciudad, debemos estar aquí.

-¿Pero y si os ocurre algo?

-Richard… prefiero morir yo a que muera mi gente. Te lo aseguro. Bueno… te llamaba para confirmarte que en cuanto se ponga el sol mi tribu y la de Soraya saldrán de la ciudad. A las once estarán todos fuera.

-Bien, saldremos a esa hora.

-Estaremos cerca.

-Lawrence, como amigo te pido que lo reconsideres…

-Gracias, Richard. Pero no quiero que mi gente me recuerde como un cobarde.

-No me digas que Nicola también está aquí…

-Está… quiere proteger al Primero.

-Fantástico…- dijo Richard con ironía.-Sois unos inconscientes.

-No te enfades, por favor… intenta comprender…

-Sólo quiero que no os ocurra nada…

-Gracias, nos vemos esta noche…

Paul le miró y negó con la cabeza.

-Nosotros nos arriesgamos. Ellos se suicidan.- Susurró Paul.

 

Extraño IV

 

El alba comenzaba a despuntar cuando Eric miró por la ventana de su habitación. Echaba de menos el sol, la vida al aire libre. Últimamente sólo vivía de noche, como la raza que frecuentaba. Incluso se sentía un poco débil por eso. Así que en contra de su voluntad, decidió irse a la cama. Tenía que descansar porque la noche siguiente iba a ser muy dura.
Cerró la ventana, el contrafuerte y se quedó a oscuras, con sólo un rayo de luz entrando por una rendija. Sentado en la cama, comenzó a quitarse el traje, pieza a pieza. Y oyó que la puerta se abría.

-¿Estás dormido?- susurró Paul desde la entrada.

-No. Ven…

El colchón se hundió ligeramente a su lado, y ambos se quedaron mirando el rayo de luz solitario, en silencio.

-Paul, perdóname.

-¿Porqué?

-Antes te puse en peligro.

-Mi trabajo es estar en peligro. Tenía que hacerlo aunque no estuviese previsto. Mi sangre le distrajo. No fue tan horrible. Pensé que sería peor…- dijo Paul- Eric…

-Mm?

-He venido a darte las gracias.

-¿A mí?- él no comprendía lo que Paul quería decirle con aquellas palabras suaves.

-A ti. Por devolverme mi vida y mi identidad.

-No tienes que darme las gracias. Todo lo has hecho tú. Eres una persona muy valiente y muy fuerte. Y tú pasado muy difícil de superar.

-Cuando te conocí en tu asentamiento, la segunda vez que te ví, me pareciste el hombre más guapo y más interesante que vi nunca. Y mi propia mente demonizaba esa idea.

-¿Sólo la segunda?- dijo Eric sonriendo.

-Me parecía horrible. Tuve que reprimirla en el fondo de mi cerebro. Pero allí estabas tú, tan fuerte, tan seguro, y luego tan desvalido en mi mundo… lo que me habían enseñado siempre era que las relaciones entre hombres eran pecaminosas por estar prohibidas por Dios, por no estar basadas en la reproducción sino en el placer. Un placer que siempre me han prohibido sentir. Pero ahí estabas tú, rompiéndome el corazón con una sola mirada. Ahora sé que puedo amar sin lastres. Y gracias a eso, soy un hombre nuevo. Sin ti no podría haberlo conseguido.

Eric suspiró y sonrió. Se sentía muy vulnerable esa noche, ya mañana. Y las palabras de Paul le parecieron las más hermosas que jamás había escuchado.

-¿En serio? ¿Yo te he ayudado de verdad?- dijo en un susurro, que era todo lo que el nudo de su garganta le permitía.

-Sí.

Eric notó que la mano de Paul cogía la suya. No era una mano delicada, era grande, fuerte y áspera, pero era la única mano que quería sentir.

-Creo que me voy a echar a llorar y quedaré como un idiota-dijo Eric intentando bromear.

Como única respuesta, los labios de Paul buscaron los suyos. Y se besaron, llenando el silencio de la habitación con el sonido líquido de los besos y la humedad de sus bocas.

-No quiero verte llorar. He reunido el valor suficiente como para decirte que quiero verte gritar de placer.

Eric sintió un escalofrío que le recorrió de arriba a abajo, poniéndole la piel de gallina. Deseó arrancarle la ropa y no se privó del placer… Lo puso de pie entre besos desesperados, sintiendo el nudo de los fuertes brazos de Paul alrededor de su cuerpo, y le quitó la ropa, disfrutando de cada detalle que iba regalándole su cuerpo: de lo revuelto de su pelo ondulado cuando le quitó la camiseta, de lo duro de sus pezones y de los redondos bíceps. De cómo los pantalones le ceñían la cadera… Paul le abrazó y lo hizo retroceder hasta la pared. Eric quedó allí aprisionado por sus brazos, que se apoyaban en la pared a ambos lados, por sus besos, que por muy apasionados que fueran siempre eran dulces, por su cuerpo, que rozarse contra él era ya el placer en sí mismo. Gimió cuando sintió los labios de Paul recorrer su pecho y subir por su cuello hasta llegar a su oído, donde mordió su oreja y le susurró:

-¿Cómo estás?

Eric abrió sus tristones ojos grises y miró los verdes de Paul, entrecerrados por el deseo. La piel de sus pechos musculosos compartían el sudor que los cubría, agitados por sus respiraciones incontrolables.

-Estoy preparado- susurró Eric en su oído.

Sus palabras, y el aliento en su cuello le estremecieron y cogiéndolo de la mano, Paul lo llevó hasta la cama y lo dejó desnudo, tendido de lado, excitado, mientras contemplaba su sexo anhelante apoyado sobre su muslo derecho. Vio sus abdominales perfectos, su pecho musculado por el duro entrenamiento. Y Paul terminó de desnudarse, mostrándole valientemente su cuerpo, tan parecido y curtido como el suyo, de piel más rosada que la de Eric, de un goloso color canela. De sexo necesitado, semejante en tamaño y en excitación.
Eric le miraba con adoración, como agradecimiento al regalo que Paul le hacía.

-Eres perfecto…- le susurró al oído cuando Paul se metió en la cama a su lado- Casi no me atrevo a tocarte.

-Por favor, no digas eso. Necesito sentir tus manos…- Paul llevó la mano de Eric hasta su sexo necesitado. Él aún había tenido satisfacción aquella noche. Paul se había quedado con las ganas. Lo acarició suavemente, arriba y abajo, tapando y descubriendo su glande con lentitud, disfrutando de la visión. Paul cerró los ojos para volverlos a abrir de nuevo. El placer quería arrastrarlo hacia el lado egoísta, pero él no quería perder ni un segundo de su tiempo al lado de Eric. El camino hasta aquella cama había sido muy largo. Y muy accidentado. Apenas habían pasado unos cuantos días, pero habían dolido tanto… un recuerdo asaltó su mente.

 
“-¿Qué te ocurre hoy Paul?- Eric no podía evitar ser franco.

-Nada- contestó en voz baja para que Eva y Richard no les oyeran- cuando vuelvas a entrar en esta pantalla, seleccionas el que necesites de la lista…-siguió con su explicación informática- me duele la cabeza- se quejó Paul.

-dame tu mano- dijo Eric

-¿Para qué?- se extrañó él.

-En las manos y en los pies,-Eric cogió su mano derecha y la colocó con la palma de la mano hacia arriba.- hay miles de terminaciones nerviosas.- con su dedo pulgar comenzó a masajear el hueco entre sus dedos índice y corazón, cerca de los huesos- que conectan con todas las partes de nuestro cuerpo. ¿Te sientes mejor?- Eric le miró a los ojos, y encontró el desconcierto en los de Paul.

-Sí, gracias…- Eric soltó su mano, y Paul sintió un vacío que le entristecía.

-¿Quieres hablar de algo?- preguntó Eric en un susurro para que no les oyeran.

-Si, pero no sé cómo empezar- dijo Paul frotándose los brazos.

-¿Quieres que vayamos a buscar café? Creo que me he enganchado a la cafeína- Eric le sonrió y su sonrisa se contagiaba.

-Hemos creado un monstruo… vamos.

Eva y Richard respondieron que sí al ofrecimiento, y ellos dos comenzaron a recorrer juntos el enorme pasillo que les llevaría a la cocina. Cuando estaban lo suficientemente lejos de la biblioteca, Paul se detuvo. Eric avanzó dos pasos más, y se quedó frente a él. La lluvia caía con fuerza y producía una atmósfera entre melancólica e inquietante.

-¿Qué pasó anoche, Eric?

-¿A qué te refieres?- preguntó él extrañado.

-No recuerdo cómo llegué a la cama. ¿Has tenido algo que ver?

-Paul, estabas cansado, estás fuera de tu ambiente, es lógico que no recuerdes actos mecánicos. Saliste de la ducha, y te acostaste.

-Eric, no me mientas… las cicatrices de mi muslo ya no están, y una cicatriz no se borra de la piel humana sin láser, ni sin magia…

Eric desvió su mirada hacia la ventana. Le había pillado. No había tenido en cuenta ese detalle.

-No puedo soportar que sufras…- susurró él al final, bajando la mirada al suelo.- Tu esencia gritaba… casi me mordía los tímpanos. No podía permitirlo.

-¿Qué hice?- le preguntó Paul, sintiendo los latidos de su corazón rebotando por todo su cuerpo, ejercitándole para poder soportar la vergüenza. Porque sabía la respuesta. Ahora sí.

-Ese cilicio…- comenzó Eric.

Paul cerró los ojos, respiró hondo y se frotó la cara, intentado creer que era del tamaño de una mota de polvo y que podía esconderse bajo cualquier baldosa.
Eric iba a decir algo, pero Paul le cortó.

-Por favor…- le puso la mano en le hombro.-No sigas, da igual. Vamos a buscar café.
Paul echó a andar por el pasillo y oyó a Eric que le decía:

-No voy a decir nada, Paul. Pero me gustaría que confiaras en mí y me contaras qué ocurre.

Paul se detuvo, y se dio la vuelta para mirarle.

-Me odiarías. Así que no vuelvas a pedirme algo así.

Eric sintió algo extraño en su pecho. Su corazón se aceleró y por primera vez en muchísimo tiempo, sus ojos se empañaron de lágrimas. Se sentía herido. Pero era distinto al dolor que producía un arma. Paul, al momento de ver su expresión, se arrepintió de haber pronunciado aquellas palabras.

- Si no quieres, no te lo volveré a pedir. Pero créeme cuando te digo que yo no soy capaz de odiar.

Paul se acercó a él, que había cruzado sus fuertes brazos sobre su pecho en señal de defensa, y se disculpó.

-Eric, toda mi vida me he sentido mal conmigo mismo. Y a veces, hay algo que vuelve a activar ese sentimiento. Y mi fe no me permite tenerlo.

-Tú ya no sirves a esa iglesia. Eres libre, tú me lo dijiste.- dijo Eric tratando de recobrar la compostura.

-Lo soy, pero mira…- Paul lo cogió con delicadeza por el antebrazo y lo llevó junto a la enorme ventana.- ¿ves? El cielo es gris ¿verdad?

-Ahora sí.

-Exacto… ahora. Pero de normal… ¿cuál es su color?

-Azul de día, negro de noche.- Eric no comprendía dónde quería llegar a parar.

-Eso es. ¿Y si te dijera que si subes en una nave espacial y te elevas hasta salir de la atmósfera terrestre no verás que el cielo tenga color alguno, sino que no existe? Sólo es gas, y su color, un reflejo- Paul empujado por la culpa, por su necesidad de perdón, cogió a Eric por las mejillas y le obligó a mirarle. Su contacto, sus ojos verdes, le tenían paralizado.- Eric… yo descubrí que no había cielo demasiado pronto. Pero mi problema es que sigo respondiendo azul cuando me preguntan qué color tiene. Eric no supo qué responder. Le tenía desarmado por completo. Sentía el vacío en su interior y eso le apenaba.”

 

 

Paul quería olvidar. Quería deshacerse de todo el dolor, quería redimir a Eric del sufrido por él. Amarle era atormentarse. Pero ya no había tormenta dentro de Paul. Gracias a Eric, no la había.
Vio la mano de Eric cerrada en torno a su sexo, vio su otra mano acariciando sus testículos, masajeándolos. Y vio una expresión de lujuria instalada en el rostro de Eric. Gimió al sentir la lengua de Eric en la punta de su sexo, a lamerlo, a empaparlo de saliva, a meterlo entero en su boca de labios gruesos y sensuales, a acariciarle el glande rojo con la lengua mientras se la metía hasta la garganta… Paul arqueó la espalda, retorciéndose de placer. Si seguía así, no tardaría mucho… de repente, Eric paró y se tumbó sobre él con delicadeza, dejando que sus sexos se acariciaran. Mientras movía dulcemente las caderas sobre las de Paul, frotándose contra él, le cubría los labios de besos.

-No aguanto más, Paul…- Eric suplicó en su oído.

Él se estremeció. Hacía mucho que no se acostaba con nadie…
Obligó a Eric a arrodillarse de espaldas. Él le ofreció su cuerpo, esperando ansioso el momento en el que Paul le llenara. Sintió sus manos separar sus nalgas y su lengua fresca y ágil, empapar de saliva su agujero. Sus caderas se movieron involuntariamente, esgrimiendo su sexo al aire, intentando conseguir placer.
Su falo se hundió poco a poco en la carne tibia de Eric. En silencio, casi sin respirar… Eric aguantó el dolor. Sólo lo sentiría al principio. Después, todo iría bien… se quejó dulcemente cerrando fuerte los párpados. Esa sensación de estar empalado, a merced de Paul le embriagaba. Abrió los ojos y se encontró con el espejo que cubría el armario. Los escasos rayos de sol le permitían ver cómo Paul le follaba, le cogía las caderas y las apretaba contra las suyas que se movían lentamente, penetrándolo, metiendo su polla en su carne hambrienta, en llamas, que se esforzaba en expulsarla y se derretía de placer cuando la albergaba.

 Vio su pecho fuerte, sus cuerpos removidos por los empujones contra sus nalgas. Paul no había advertido la existencia del espejo, por lo que Eric podía disfrutar de su vista. Paul bajó la vista para observar cómo entraba y salía de Eric y supo por los crecientes calambrazos que sentía, que no iba a tardar en correrse. Una urgencia hambrienta, se apoderó de él. Ahora la lujuria campaba a sus anchas, olvidando todo su miedo. Le dio una palmada a la dura nalga de Eric y lo obligó a tumbarse boca abajo sin sacar la polla de él.

En la habitación de al lado, Richard escuchaba los jadeos que se filtraban indiscretos por la pared y sonrió. Se alegraba tanto por Paul… aquel día que Eric le dijo en el claustro que quería la amistad de Paul, supo que tenía delante, aparte del capitán de la guardia, a un joven enamorado. Su tenacidad, sin duda, había vencido todos los muros que Paul había construido para protegerse. Y Richard lo notó en sus miradas, en la forma de hablarse, de tratarse… tal vez incluso antes que ellos mismos. Paul era un tesoro muy preciado para Eric, y eso le daba tranquilidad.

Hacía ya varios años, en medio del desierto sirio, buscando las ruinas del templo del Paraíso, donde se suponía que estaba enterrado el tesoro más codiciado por toda la humanidad, estando en la excavación, topó con un ex sacerdote que acababa de colgar la sotana y que había ido allí, más que a buscar paz, a morir. Unos ojos apagados, un cuerpo delgado que apenas pesaría cincuenta kilos, una vida rota.
 
A Paul le salvó la invitación a cenar, y la conversación nocturna con Richard. Hablaron del alma, de la existencia de Dios y de la humanidad. Hablaban en inglés. Richard conservaba su perfecto acento alemán. Paul desveló con sus erres mal pronunciadas que había nacido en Francia. Hablaron sobre la pobreza en la Tierra, sobre las injusticias, sobre el hambre. Paul descargó toda su rabia contra la iglesia católica, a la que consideraba hipócrita hasta el extremo. Mientras el sol salía sobre sus cabezas, en una noche en vela, Paul vio que aún merecía la pena vivir, porque había gente que le necesitaba.
 
Richard le dio de comer, amistad, compañía, cariño. Le entrenó para acompañarle en sus excavaciones… al año siguiente, aquel cura flaco, era un fornido aventurero que volvió con él al desierto sirio para hallar parte de la perdida biblioteca de Alejandría que antiguas gentes habían escondido allí con la esperanza de que nadie las encontrara, preservando así sin destruir los documentos, el conocimiento sobre la existencia de antiguas razas que convivían con la humana. Y desde entonces, hasta allí.

Vivían en el Dusseldorf natal de Richard, en apartamentos cercanos. Y hasta esa noche, no le había conocido a Paul ningún amor. Sabía que su condición homosexual era rechazada por su moral católica, pero había logrado superarlo. ¿Le habría ayudado a Paul la sangre de Lawrence? ¿Tan milagroso era ese elixir?
La bruja se acomodó entre sus brazos. Qué hermosa era, qué inocente. Qué valiente. Era un regalo del cielo. No quería que aquello terminara nunca para no tener que separarse de ella.

Le dio la vuelta hasta quedar tumbado de medio lado, frente a frente con el espejo. Paul se vio reflejado en él, abrazando a Eric por el pecho, separando sus muslos y viendo cómo lo follaba cada vez más rápido, mientras el sexo de Eric, se agitaba hambriento entre sus piernas. Paul sintió el orgasmo que le sacudía salvajemente el vientre, las caderas, los muslos, y gritando, inyectó su semen en el culo de Eric. Se vació con tres empujones más y Eric alzó su brazo para acariciarle la nuca sudada… Paul, aún jadeante, apoyó su frente en el brazo de Eric, besando su axila, sintiéndole palpitar entre sus brazos.
-Háblame, Paul, me vuelve loco oírte susurrar.

-Fóllame, Eric. Necesito tenerte dentro.

Extraño III

Parecía que la casa estaba desierta. Oían resonar sus propios pasos sobre el mármol oscuro del suelo. Se pararon un segundo frente al enorme ángel de piedra blanca y miraron en todas direcciones. Nadie… Eric se concentró. Cerró los ojos y escuchó. Escuchó más allá del silencio, del ruido de afuera y por fín los encontró.

-Sígueme.-le susurró a Paul.

Lo llevó a través de habitaciones lujosas y desiertas hasta llegar a un salón. Allí, Eric respiró hondo y llamó. No tardó en abrir la puerta la joven rubia que habían conocido en su anterior visita. Ella sonrió dulcemente, indicándoles que eran bienvenidos.

-Eric, buenas noches… le esperábamos ayer, pero prefirió usted no venir. Me llamo Sadie.-Ella alargó su manita blanca y elegante y Eric se apresuró a depositar un fugaz beso en el dorso.

-No sabía que estuviese invitado. Esta noche he tenido el atrevimiento de presentarme aquí directamente a riesgo de parecer un entrometido.

-No, por favor. No lo es usted en absoluto. Alexander estará muy contento de recibirle.

En la sala habían nueve vampiros, acompañados de algún que otro humano. No tenían nada que ver con los vampiros que en aquellos momentos poblaban la discoteca de la parte exterior del edificio. Estos eran elegantes, respetuosos y simplemente charlaban en susurros, sentados en los sillones, de pie en un rincón…

Eran, en definitiva más peligrosos. Eric podía percibir todos sus años de historia a la espalda, su sabiduría.

-Mi querido amigo…-Alexander se acercó a él y alargó su mano para encajarla en la de Eric.-¿Porque es usted amigo, no?

Las palabras de Alexander estremecieron de puro terror a Eric durante un segundo. Si tan siquiera llegaba a sospechar algo…

-¿Acaso estaría aquí si no lo fuese?- Eric sonrió gélidamente.

-Tiene toda la razón. Pase, por favor. Le presentaré. ¿Y nuestra querida Eva?

-Ha preferido no tener la osadía de presentarse sin ser invitada, como yo. Pero está afuera, disfrutando de la compañía de los clientes del club.

-Oh, qué tonta, ¿no cree?

-Si. Se pierde lo mejor.

-Traigala mañana sin falta. Me encantaría conocerla mejor. Venga…

Alexander se llevó a Eric y le presentó uno por uno a todos los demás. Paul estaba en una esquina, paralizado. Recordó las últimas luchas con vampiros y se estremeció. Ahora estaba en una sala llena de ellos, aunque parecían más intelectuales que vampiros.

Tras unos veinte minutos, Alexander se llevó a Eric a su despacho. Paul les siguió. No pensaba separarse de Eric ni un segundo. En el despacho, Eric se acomodó frente al escritorio de Alexander y éste clavó sus fríos ojos en él. Eric le aguantaba valientemente la mirada. Paul se preguntó si no sentía miedo.

-Quiero ser una parte importante de este asunto. Puedo ser muy útil.- Dijo Eric por fin.

-Ya veo. Tiene usted valor, mi querido amigo.

-Si, y me niego a creer que esa chusma que hay ahí fuera sea nuestro ejército.-dijo refiriéndose a los vampiros del local.

Alexander se rió a carcajadas, mostrando sus colmillos sin pudor.

-Esos no saben ni cuándo va a salir el sol… pero a nuestro favor juega su fanatismos. De momento pocos son los humanos que vienen por aquí. Ni la policía se acerca…

-¿Y cuándo vamos a empezar?-Quiso saber Eric impacientemente.

-Me da usted miedo.- Confesó Alexander cínicamente.

-No veo porqué. Estoy aquí por un motivo. Yo no me fuí de mi tribu para nada…

-Su juventud es la fuente de su impaciencia. Dentro de dos días, habrá un eclipse total de luna. Como tantos otros… pero este será especial, porque será entonces cuando el Primero me entregue su sangre y me convierta con eso en el dueño de toda la ciudad. Todos deberán temerme y obedecerme, o si no lo hacen, destruiré poblaciones enteras como ejemplo. Tal como haría  el Primero. ¿Satisfecho?

Eric elevó su mirada hacia la de él y le sonrió.

-Suena bien. Pero repito: ¿qué saco yo de todo esto?

-¿qué le parecería ser uno de mis enviados? Una ciudad, la que nos convenga a los dos, cuyo príncipe esté bajo su mando.

-Quiero Nueva York.

Alexander negó con la cabeza.

-Ahí afuera hay vampiros mucho más poderosos que usted que quieren Nueva York. ¿Y si comenzamos por algo más fácil? Tiene toda la eternidad, y me atrevo a decir que la valía, para ascender… Venecia. ¿Conoce Venecia? Es la única ciudad cuya hermosura me hace llorar. Somos muchos allí. Y muy selectos. Pero su príncipe es un blando…

-Si me da Roma publicaré los archivos vaticanos por fascículos en todos los periódicos del mundo.

Alexander volvió a reír.

-Me gusta usted muchísimo… no se conforma con las sobras. Es algo que no puedo decir de todo el mundo. Bueno, está bien. Me ha convencido, Roma para usted. Pero dejemos lo de los archivos para más adelante.

-No fallaré. Puede estar seguro.- Alexander se levantó de la mesa.- Y si me disculpa, ahora debo salir un momento al club. Necesito alimentarme como todo el mundo.

Eric pensó que sería un peligro que Alexander deambulara libremente por ahí. Podía encontrarse con Richard, Eva y Nicola que estaban buscando al Primero. Si los descubría…

-Querido Alexander, por favor, ¿no me diga que se alimenta de esos mosquitos comevagabundos? Déjeme invitarle esta vez.- Eric miró a Paul, que de repente había empalidecido.-Mi pequeño es dulce como la miel y sólo me alimenta a mí ¿verdad Paul?

-Si, señor…

-Es un magnífico ejemplar- Tuvo que admitir Alexander.

-Por favor.- Eric hizo un gesto con la mano y Paul tuvo que acercarse a Alexander  con la cabeza gacha. Si salía de aquella, lo mataría.

Plantado frente al vampiro, Paul no pudo evitar estremecerse. Miró a los ojos transparentes que le miraban y sintió que por un segundo anulaban su voluntad. Ese fue el tiempo necesario para que Alexander lo cogiera entre sus brazos, lo inclinara levemente y clavara sus colmillos en el cuello de Paul. El dolor hizo que se agarrara con fuerza al vampiro…

“Paul, no te preocupes, estoy aquí. No te va a ocurrir nada”

Sentía que mientras bebía de él, su corazón latía más despacio. Un sudor frío bañaba su cuerpo y experimentaba un vacío enorme en el alma. Asustado se quedaba corto para describir sus emociones en aquel momento.

“Eric sálvame” Pensaba mientras se mareaba, cerraba los ojos y emitía un gemido. Pensaba que se moría…

De pronto, Alexander lo soltó. Se mordió su propia lengua y con su sangre, cerró las heridas del cuello de Paul, dejándolo como antes, pero con menos sangre en el cuerpo. Le flojeaban las rodillas, pero aguantó sin caerse. Estaba representando bien su papel.

-Mmm… es lo mejor que he probado en mucho tiempo- dijo Alexander.

Paul se acercó a Eric y cayó de rodillas a sus pies. Se encontraba débil y mareado.

-Ven aquí, pequeño. Te voy a alimentar ahora.- le susurró Eric. Ayudó a Paul a colocarse entre sus piernas y con asombro por parte de Paul, que se esperaba cualquier cosa excepto aquello,  bajó la cremallera de los pantalones de su traje.- Aliméntate…

Alexander se sentó un momento en su sillón para disfrutar del cosquilleo de la sangre humana por sus venas.

-Ah, qué maravilla-dijo cerrando los ojos un momento.

Eric aprovechó para pasarle a Paul un tubito de cristal lleno de la sangre de Lawrence.

“Tómalo. Te recuperarás…”

Paul, a duras penas podía levantar la cara de su muslo, pero el escritorio le tapaba lo suficiente como para que Alexander no le viera. Tenía que recuperarse… Mientras sacaba el pene de Eric de sus pantalones, se tomó el tubo. Eric se quedó parado un segundo, pero le dejó hacer. cuando la sangre de Lawrence se mezcló con la suya propia, Paul volvió a sentir esa euforia que le invadió la primera vez. Volvió a encontrarse fuerte y vigoroso y estaba con el pene de Eric frente a la cara, creciendo frente a él.

“Paul, ¿qué haces?”

Y sin más preámbulos, besó la punta húmeda y salada.

-Oh, mi pequeño…- dijo Eric acariciándole la cabeza mientras Paul engullía su sexo hasta la garganta.

-Hace usted bien, Eric, a nuestros protegidos hay que cuidarlos…- dijo Alexander con los ojos aún cerrados.

Mientras Paul engullía su sexo lentamente, apoyado en las rodillas de Eric, éste le acariciaba el pelo, y con la mano en su nuca, marcaba el ritmo.

-A Paul le afecta mucho la pérdida de sangre. En cuanto se alimente, volverá a estar bien…- dijo Eric mirando a Alexander.

-Bien… gracias de nuevo, Eric. Ahora debo volver con mis invitados. Le espero fuera. Tómese el tiempo que quiera…

Paul seguía chupando sin descanso la polla de Eric. Cuando estuvieron solos, Paul le puso de pie, y Eric se dejó hacer. Le bajó los pantalones aún subidos, para acariciar su trasero duro y firme, sus piernas musculadas y sus muslos apetecibles…

Eric sentía que no aguantaba más. La visión de su sexo introduciéndose en los dulces labios de Eric le estaba volviendo loco. Paul degustaba su sabor salado y un poco agrio, el indescriptible aroma de su vello rizado, su cuerpo entregado… su propio sexo iba a estallar. Se frotó contra la pierna de Eric mientras éste le sujetó con fuerza las mejillas y se movió, contrayendo las caderas lascivamente. Paul acarició la carne dura de sus nalgas y Eric se estremeció. Si le tocaba allí, se correría.

Paul sintió que Eric se resistía, pero pudo abrirse paso lo suficiente como para que él notara la presión de sus dedos sobre su ano, y la caricia provocó que su esperma inundara la boca de Paul…

Lo bebió todo, succionando con delicadeza, ayudándole a que lo expulsara de sus testículos, y lo depositara en su boca, para luego ir garganta abajo… Eric acarició su cuello, su cabeza, y lo apretó fuerte contra sí, mientras se dejaba sacudir por el orgasmo de pies a cabeza y se vaciaba del todo. Soltó un único y discreto gemido, y se quedaron quietos.

Paul se sacó su sexo de la boca y aún de rodillas, le miró a los ojos. Eric le tendió las manos para ayudarle a levantarse y cuando la tuvo enfrente, le preguntó:

-¿Porqué lo has hecho?- Eric sonreía.

A pesar de su disfraz de vampiro, de rostro lívido y ojos transparentes, seguía siendo el ser más hermoso de la creación. Y era suyo…

-Porque aparte de quererte, te deseo- confesó Paul en un susurro.

Eric se acercó a él, y le dio un beso dulce en los labios. Procuró no pincharle con los colmillos. Limpió de los hermosos labios de Paul una lasciva gota del líquido blanquecino y le abrazó.

Debriefing_by_mousewrites[1]

Extraño II

Paul oyó sonar el teléfono móvil en algún lugar de la habitación.

 -Por favor… ahora no, ahora no.
 
Pero recordó que estaba trabajando. Y que Richard estaba fuera. Podía necesitarlo. Sentándose en la cama se limpió los ojos y se sorbió los mocos. Después, localizó el teléfono sobre una de las mesitas y lo descolgó rápidamente.

-¿Sí?

-Paul, soy Richard. Escúchame. Eva y yo volvemos al piso y llevamos visita.

-¿Quién?

- Un vampiro. Por favor, estad preparados.

-De acuerdo- Paul colgó el teléfono y lo arrojó sobre la cama.

Tenía que buscar a Eric. Iba a ser lo más difícil que tendría que hacer nunca. Su cuerpo no quería ir, pero tuvo que obligarle. Estaba muy cansado… Fue hasta su habitación y cuando llegó a la puerta, respiró hondo. Se calmó un poco al sentir que sus pulmones por fin aceptaban aire, y solo entonces llamó. No esperaba contestación, así que abrió. Estaba oscuro.

-¿Eric?

-Lárgate.

Paul sintió que de nuevo le faltaba el aire.

-Eric, escucha…

-Cada vez que dices algo me haces daño. Vete.

Paul buscó la luz a tientas y la encendió. Lo encontró sentado en la cama, mirando al frente. Tenía miedo de acercarse, pero era como si sus piernas le llevaran involuntariamente hasta donde estaba él.

-Eric, Eva y Richard vienen hacia acá con un vampiro.

Paul miraba con temor su rostro carente de emoción alguna. Esta vez le había herido hondo, y estaba asustado. Sabía que había obrado mal, y no podía asumir que Eric no iba a perdonarle. Seguía necesitándole aunque a la vez, le echara de su lado tan cruelmente.

-Pues habrá que estar preparados.- Eric se levantó sin mirarle y se dirigió al baño sin decirle nada. Cogió una toalla y cerró la puerta.

Paul no sabía cómo arreglar aquello. Eric no parecía dispuesto a pasar por alto lo sucedido. Abatido, se levantó de la cama de Eric. Le imitaría y se daría una ducha.
 
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Eva les llevó a casa transportándoles a los tres a la vez. Nicola le miró sin comprender… eso no podía hacerlo un vampiro.

-Tranquilo. Voy a explicártelo todo.- Dijo Eva suavemente.

Richard fue a buscar a Paul y a Eric en cuanto llegaron a la casa, mientras Eva se llevaba al chupasangres al salón. Estaba muy molesto. Eva le gustaba. Y él le gustaba a ella. Pero no le gustaba que uno de esos seres engreídos la rondara. Richard entró en la habitación de Paul. Al mismo tiempo, él salía del baño.

-Buenas noches- gruñó Richard tumbándose en la cama.

-¿Qué tienen de buenas?- Masculló Paul.

-No mucho. Tienes una cara horrible.- dijo Richard mirándole. -¿Quieres contarme algo?

Paul se dedicó a buscar ropa limpia mientras meditaba la pregunta.

-No sabría por dónde comenzar, así que cuéntame tú.

-Ahí afuera nos espera un vampiro y presiento que nos va a contar una historia para no dormir.

-¿Tenía que ser esta noche?- se quejó Paul mientras se vestía.

-Parece ser.- Richard se levantó de la cama y se puso a su lado. Le puso la mano en el hombro aún desnudo. Paul le miró a los ojos un segundo, y después, bajó la mirada al suelo. Richard comprendió sin palabras. Eran amigos desde hacía mucho tiempo… Richard no quería verle así. Le acarició la mejilla y le apretujó cariñosamente el mentón.

-Te espero fuera ¿vale?

Paul asintió.

————————————————–

Nicola y Eva estaban sentados en los sillones del salón, uno frente al otro.

-Señora, no comprendo bien lo que ocurre…- susurró él armándose de valor.

Eva le sonrió. -No se preocupe. Todo irá bien.- Ella pasó su mano frente a su propio rostro de vampiro y dejó paso a su verdadero rostro, fresco y vivo.

Nicola abrió mucho los ojos, sorprendido minuto a minuto por aquella mujer.

-No soy de su raza. Soy una bruja. Siento mucho no habérselo podido decir antes, pero comprenda que confiar en alguien desconocido es difícil en esta situación.

Nicola asintió.

-Yo mismo no lo hubiera hecho de no estar desesperado…

-Unamos nuestras fuerzas.- Los ojos de Eva centellearon un instante. Sin duda, se sentía segura de sí misma y de los que le rodeaban.- Richard, al que ya conoce, es humano. Y su socio Paul también. Son mercenarios y están aquí para luchar con nosotros. El capitán de mi guardia, Eric, también se hace pasar por vampiro. De otro modo no podíamos habernos presentado a Alexander.

-Alexander ha recibido a tantos nómadas que ya ni siquiera se fija. Me asusta el pensar que hay tantos de nosotros que quieren el caos…

-Los vampiros que rodean a Alexander están furiosos y disgustados. Sólo necesitan otro líder que les guíe…- Eva hablaba desde su experiencia como gobernante. Pero su interesante conversación se vio interrumpida por la entrada de Richard, Paul y Eric, que se quedaron mirando entre curiosos y temerosos al nuevo del grupo.

-Nicola…- Eva habló por fin.- Estos son Paul y Eric. A Richard ya lo conoces…

La conversación fue concisa. No convenía ir perdiéndose entre palabras de admiración, cortesías o, también, ironías. Al grano. Nicola les contó lo que sabía acerca de los planes de Alexander. Todo lo que sabía. Incluso lo inevitable, lo que Eva no quería que Richard y Paul supieran… Nicola les desveló que Alexander había raptado al Primero. Eva y Eric, bajaron la mirada.

-Supongo que cuando llegue el momento, querrá beber su sangre para tener todos sus poderes… y entonces, será imparable.

Paul vio la furtiva mirada de culpabilidad cómplice que sostuvieron Eva y Eric. Y lo comprendió.

-Vosotros lo sabíais…- dijo en un siseo acusador.

Ellos no respondieron. No hacía ninguna falta. Tampoco estaban orgullosos de haber ocultado el dato, pero había sido necesario.

-Esa es una información importante ¿porqué la ocultásteis cuando nos llamásteis?- dijo Paul cruzando los brazos sobre su pecho, esperando una respuesta.

Richard les miró también. Tenía muchas ganas de oír la respuesta.

-Si os lo hubiese dicho, no habríais aceptado el trabajo.- Eva levantó la mirada y aguantó la de los dos humanos con orgullo. Al fin y al cabo, era una reina.

-Evidentemente que no.- dijo Richard.- Somos humanos, Eva. Cualquier vampiro puede matarnos fácilmente, pero uno lleno de poder, lo hará sin duda.

-Por eso estamos aquí.-su tono de voz sonó suplicante- hemos venido para protegeros.

-Aunque nos esposemos el uno al otro no podríamos detener juntos a un vampiro empachado de sangre del Primero.- dijo Paul levantándose a dar un paseo alrededor de la mesa.

-Por eso debemos actuar antes de que eso ocurra. Creo que hay que simplificar el plan al máximo. Hay que encontrar al Primero y hay que matar a Alexander. Por ese orden. Y cuando esté hecho, los demás vampiros de las casas de Lawrence y de Soraya deben ayudarnos a controlar a los que se vean sin líder, nómadas, que pongan en peligro serio a la ciudad. -Eva parecía tenerlo todo bajo control.

-Bien… ¿entonces cómo empezamos?- preguntó Richard, cansado de oírla parlotear.

-Hagámosle una visita a Alexander. Tenemos medio ganada su confianza… confesémosle una supuesta admiración, una pequeña traición a los nuestros que él la vea a su favor… mientras tanto, los otros pueden dedicarse a localizar el escondite de El Primero.- dijo Eric que hasta entonces había permanecido en silencio.

Paul y Richard se miraron. Iban a morir a la noche siguiente…
 
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Eric llevó a Nicola a la casa de Soraya antes del amanecer. Era un vampiro poderoso, nacido en los tiempos de Jesucristo. De hecho, llegó a conocerlo y aún así, era uno de los más jóvenes que cuidaban a Los Primeros. Richard se mareaba de pensar en la longevidad que podía alcanzar aquella raza… Soraya, la princesa de la parte sur, había sido la protegida de Nicola en la Alta Edad Media, por eso le acogía con cariño y le ofrecía todo lo que tenía. Richard pensó que habría sido muy interesante charlar con él sobre algunos puntos de la historia en tiempos de Jesucristo. Pero, total, si a la noche siguiente iban a pasar a mejor vida ¿qué más daba?

Golpeó un par de veces la puerta de Eva.

-Adelante.

Richard le sonrió. Ella no. Se había puesto una bata y se preparaba para irse a la cama. Su mirada oscura podía ser más fría que el hielo.

-¿No deberías estar rezando por tu vida, humano?- le dijo con todo el desprecio de que era capaz.

-Corta ya Eva… sabes que ya te he perdonado…- Avanzó hacia ella y le cogió las manos.

Eva pensó en desasirse, pero su voluntad flaqueó. ¿Acaso no era aquello lo que llevaba buscando desde hacía días?

-Veo que ya ha pasado tu estúpido ataque de celos- dijo ella sin mirarle.

-¿Celos? ¿De quién? ¿De ese vampiro tan elegante y tan educado? No… -Él sacudió la cabeza- La verdad es que no podía soportar la idea de que él estuviese a tu lado y yo no. Sé que lo consideras primitivo e irracional, pero no puedo evitarlo.

-¿Para qué has venido?- dijo ella en un susurro ahogado, evitando su mirada.

-Para quedarme contigo esta noche. Tal vez sea la última de mi vida y quiero pasarla contigo.

-No va a ser tu última noche.

-Eso no lo sabemos.-Richard acarició su cabello. Eva cerró los ojos para sentir su caricia en toda su intensidad.

-¿Qué quieres de mí?- susurró confusa por lo que sentía en aquel momento.

Richard, enternecido, la besó en la boca con toda la delicadeza de la que era capaz.
 
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Paul escuchaba desde su cama cómo Eva y Richard hacían el amor en la habitación del lado. Sin duda, él también había tomado la sangre de Lawrence. Sentía que si no se dormía se iba a morir de pena. Eric… sus besos habían acariciado su alma, le habían llevado donde quería estar, a medio camino entre la razón y la demencia. Pero seguía teniendo miedo.

-Por favor, ayúdame…- susurró en la oscuridad. -líbrame de este dolor. No quiero volver a sentirlo nunca…

Eric se despertó sobresaltado. Apenas hacía cinco minutos que se había dormido, pero escuchó entre sueños que Paul le pedía ayuda. Su conexión era tan fuerte que aunque Paul no pudiera comunicarse con él conscientemente, le transmitía su estado de ánimo de una forma muy clara. Seguía herido, pero saltó de la cama. No podía dejarlo solo si necesitaba ayuda. Llegó a su habitación en un momento y entró sin llamar. Paul se volvió para verlo entrar. Eric, cerró la puerta y se sentó en la cama a su lado.

-¿Estás bien? ¿Me has llamado?- susurró Eric.

-¿Me has oído?

-Casi me rompes los tímpanos. ¿Cuándo te convencerás de que estamos conectados? Te he oído pedirme ayuda.

Paul se arropó con la manta.Por favor, otro momento de intimidad dolorosa no…

-¿Sigues enfadado conmigo?- Dijo Paul -Comprendo que lo estés. Como tú bien me has dicho, cada vez que me acerco a ti, te hago daño.

-Y es verdad. Te amo. Por eso soy vulnerable.

Paul sintió una sacudida en el pecho. ¿Que le amaba? Esas palabras acariciaron sus oídos. Se incorporó en la cama y le abrazó fuerte. Sus pieles desnudas se apretaron. Eric lo acogió entre sus brazos mientras sentía que se fundía el hielo en su corazón.

-Sabes que yo también te amo. Siento que estés pagando por mi horrible pasado, pero no puedo librarme de él en pocos días…

Eric cerró los ojos y acarició su espalda.

-Si tú me dejaras, yo te enseñaría que el amor siempre es bueno. No hay nada de malo en él, porque en sí mismo es una obra perfecta.

-Te quiero.- Le repetía Paul al oído al borde de las lágrimas.- Y me estoy muriendo sin ti…

-Ya no estoy enfadado… estoy aquí contigo. Estamos juntos y todo va a salir bien, ya verás. -Eric le acarició el cabello. Notaba en su propio cuerpo que el de Paul estaba exhausto, débil. Necesitaba descanso y su alma, una tregua. Susurró su hechizo del sueño y Paul quedó profundamente dormido entre sus brazos. Su cabeza quedó apoyada en el hombro de Eric mientras los primeros rayos de luz de la mañana le dejaron disfrutar de su hermoso rostro.

Eric acercó la boca a sus labios para robarle un beso, mientras sentía su amor por él circulando a toda velocidad por sus venas. Se acostó en la cama junto a él, cubriéndole con las mantas y cogiéndole la mano. Trataría de dormir.

 

 

Extraño

En el coche reinaba un silencio absoluto. Paul conducía tranquilamente. A aquellas horas, la ciudad ya estaba bastante despejada de tráfico y podía relajarse. Ya no tenían prisa.
Eric miraba cómo agarraba el volante delicadamente, empujar con decisión el cambio de marchas, mirar hacia todos lados… conducir era un ejercicio de atención absoluta. Por fin se atrevió a romper el silencio.

-¿Sabes? Me sorprendes a cada minuto- Eric habló con voz suave, tranquila…

Paul le miró sin comprender.

 - ¿Por qué?

- Porque pienso que has hecho tantas cosas en tan poco tiempo que me resulta difícil de creer que sólo tengas treinta y dos años, te ha dado tiempo a ser religioso, después mercenario, conducir, manejar un ordenador…

Paul sonrió. Eric, por cultura, no era capaz de comprender algunas cosas.
 
- El tiempo es muy relativo, se estira y se encoge de una forma muy caprichosa, y desgraciadamente, en mi mundo, hay que saber de todo para sobrevivir.

- Sí, supongo que no debe de ser fácil convivir con todas las razas.

- No, no lo es, pero hay una cosa común a todas que facilita mucho las cosas-  Paul torció la cabeza para ver si se acercaba otro coche por el cruce- Respeto y educación.

Eric asintió. – Claro…

- Pero hay algo que aún no he aprendido. Supongo que no me he atrevido a preguntar por respeto, y es acerca de las costumbres y la vida de las diferentes razas. Puedo adivinar algunas cosas, pero no las sé todas.  Por ejemplo: vosotros los brujos… no conozco vuestras casas, vuestra vida diaria, vuestras costumbres…
 
- Oh, todo es muy sencillo. Es muy parecida a vuestra forma de vida: vivimos con nuestros padres, vamos a la escuela, trabajamos, nos casamos… casi todo es lo mismo… nuestras casas, por seguridad son distintas, nuestros trabajos también, en las escuelas se nos enseña a controlar nuestros poderes y aprendemos cosas sobre nuestras tradiciones y nuestro mundo, y cosas que hay que saber acerca de otras razas… comerciamos entre nosotros y con los humanos, no todos, claro…
Paul le veía sonreír. Le gustaba hablar de su mundo…

- ¿Y tú?- Preguntó Paul- Tú eres un mando militar. Tu vida ha de ser distinta…

- Bueno… yo protejo a mi señora y mando la guardia… vivo en el palacio, como ya vísteis… normalmente lo que hago es organizar la guardia diaria, cuidar que no entren humanos en nuestros dominios y cuando hay que pacificar algún conflicto, salgo, como ahora.

-O sea, que se puede decir que trabajamos en lo mismo.

-Bueno, yo no cobro por esto…- dijo Eric- nuestra economía se basa en el trueque.

-De algo hay que vivir… nuestra economía se basa en quién tiene más dinero.

Paul no pensaba decirle que él se quedaba con lo mínimo para sobrevivir en su apartamento de una habitación y para poder comprar equipo para las siguientes misiones. El resto lo repartía siempre. Su último millón había ido a parar directamente a Indonesia para paliar un poco los efectos de la horrible inundación provocada por un terremoto en plenas navidades. Había llorado tanto en su casa frente a su televisor que a punto estuvo de irse allí… pero su trabajo no podía hacerlo nadie más. Hablando de dinero… tenía sólo unos doscientos para aguantar hasta que cobrara ese trabajo. Richard le dejaría algo. Él también donaba gran parte de sus ganancias. No quería ser el más rico del cementerio, pero tenía más vida social, una biblioteca enorme y él era el que buscaba las nuevas tecnologías…
 
- Vuestra economía es la causa de todos vuestros males.- sentenció Eric.

-Lo sé, y créeme que lucho por evitarlo…- Paul encontró un sitio para aparcar cerca del piso.- Bueno, ya estamos en casa…
 
-¿Te sientes como en casa ahí arriba?- Dijo Eric, mirándole.
Paul le sonrió
 
-En realidad, ese lugar me da escalofríos… pero debemos estar ahí… vamos, señor, usted primero…

Eric bajó del coche, seguido a muy corta distancia por Paul. El viaje en el ascensor hasta el quinto piso era obligado para acceder a la casa. El silencio entre ellos ya había dejado de ser incómodo hacía varios días. Sus miradas se cruzaron un par de veces…

Eric fue a quitarse el traje. Estaba incómodo y daba calor… Miró su habitación un momento: una habitación para uno en lugar de la habitación de dos que tenían en casa de Lawrence. Si no estaba Paul, ninguna habitación por hermosa que fuera, y bien decorada que estuviese, merecía la pena… su compañía, aunque torturada y dolorosa, lo era todo. Le daba sentido a todo y no quería ni pensar en si sobrevivían a aquello, cómo iba a poder regresar al asentamiento brujo y vivir lejos de él. Se moriría de pena, y Eva también, pues al igual que a él, Richard, el otro humano, también le faltaría. Qué crueldad… el amor era el más dulce de los suplicios, pero suplicio al fin y al cabo… ¿por qué no podían ser inmunes a él?

Se miró en el espejo de cuerpo entero que había en una esquina. El cristal pulido enmarcado en madera que había en una esquina, le devolvía su imagen. Sólo llevaba puesta la ropa interior. Su mano acarició su pecho, fuerte y lampiño, pensando que era Paul quien le tocaba. Y un nudo atenazó su estómago… Tenía que tomar una determinación con respecto a Paul… no podía seguir así; echaría a perder la misión. Con un suspiro se alejó del espejo y buscó una camisa y unos vaqueros para vestirse. No pensaba acostarse. No estaba cansado aún… Pero tampoco quería ver a Paul. No aquella noche, que sentía su corazón tan vulnerable.

   Salió de la habitación y sus pasos le llevaron a la cámara de las armas. Sentía curiosidad por ver qué había allí.
   Abrió la puerta lentamente. Estaba oscuro. A tientas, palpó la pared para encontrar la clavija de la luz y la encendió. Pudo ver las paredes cubiertas con todas las armas que ellos, los brujos, denominaban universales. Espadas, cuchillos, dagas, ballestas… no habían armas de fuego. Los vampiros las consideraban inútiles, pues sólo afectaban a los humanos, y ellos no las necesitaban. Todas las razas sangraban si se les atacaba con una espada. Y Lawrence, como buen vampiro, carecía de armas de fuego en su colección. Observó con detenimiento que eras todas nuevas, con un diseño simple y funcional. Estaban forjadas con los mejores y más resistentes metales. Lo sabía con sólo mirarlas.

   De repente, un silbido cortó el aire y Eric presintió el peligro. Era como una punzada roja en su cerebro, y de un salto, se arrojó al suelo para caer rodando… Se levantó de un salto, y vio una daga de filo largo y estrecho clavada en la pared, donde segundos antes, había estado él. Rápidamente se apoderó de ella y se dio la vuelta con el corazón desbocado para ver quién le atacaba… Vio a Paul en el otro extremo de la sala que le sonreía de medio lado. Aún llevaba puesto el traje. Se quitó ceremoniosamente la chaqueta y le dijo:

- Tú y yo, brujo. Ahora. Es un trato…

Eric tomó la daga con firmeza y cogió una pesada espada de largo filo.

- Cuando quieras, humano- masticó la palabra con desprecio.

Paul sacó de su cinturón dos espadas cortas y las hizo girar entre sus dedos a los lados de su cuerpo mientras avanzaba hacia él mirándole a los ojos.
Eric estaba un poco asustado… no le reconocía. No era el Paul reservado y sereno. Era una fiera. Con un grito le atacó y Eric tuvo que usar toda su fuerza para parar con su espada el mandoble que le lanzó Paul. En un segundo tuvo que golpear la otra hoja, que se acercaba a él a toda velocidad por el otro lado. Con tanta fuerza le atacó Paul, que saltaron chispas de las dos hojas.
Paul vio de reojo el filo de la daga que se acercaba a su vientre y dio un salto, arqueando su espalda y haciendo una voltereta hacia atrás para evitarla. Cayó sobre los dos pies, como un artista de circo para volver a mirar desafiante a Eric y volvió a girar las espadas entre sus dedos, a modo de provocación.

Esta vez, fue Eric el que se lanzó sobre él y Paul el que paró el ataque, cruzando las hojas sobre su cabeza. La daga volvió a querer clavarse en su cuerpo y él lo evitó con un ágil giro. Aprovechando su impulso, metió su pierna entre las de Eric, haciéndole caer al suelo. Eric quedó un segundo aturdido por el golpe, pero sus sentidos le avisaban de que Paul iba a atacarle y pegando su espada al cuerpo, rodó para evitar quedar ensartado en los dos filos que se dirigían a él. En su huída, golpeó a Paul en una pierna, y cayó de espaldas al suelo, y ágilmente rodó y se puso de pie. Se miraron a los ojos de nuevo, jadeantes.

Eric asió la espada con las dos manos, guardando la daga en el cinturón y echó a correr hacia Paul, mientras Paul echaba a correr hacia Eric. El choque de los tres filos les ensordeció.
Luchaban con fiereza, en serio,  como si fuese un combate real… las espadas chocaban una y otra vez, los brazos les dolían, sudaban a mares. Eric levantó una pierna y empujó fuerte a Paul en el pecho para quitárselo de encima. Él perdió el equilibrio y cayó de espaldas. El golpe en la cabeza le removió el cerebro dentro del cráneo, pero no lo suficiente como para no ver la hoja de la espada que se dirigía hacia él. Asía las dos espadas con fuerza y pudo repeler el ataque. Tenía a Eric a tiro para darle una buena patada donde más dolía, pero no quería usar juego sucio y simplemente lo derribó golpeándole en los tobillos. Eric cayó al suelo. Su espada se escapó de su mano varios metros hacia la derecha. Paul aprovechó y se tiró sobre él, cruzando los dos filos sobre su garganta. Eric estiró el cuello, sintiendo el frío acero sobre su piel. Paul sonreía triunfante, pero dejó de hacerlo cuando notó que la punta de la daga le pinchaba la espalda a la altura del corazón…

Se miraron a los ojos. Paul estaba pegado a Eric, encima de él, con las espadas sobre su garganta; unidos por el pecho removido por la lucha por conseguir aire, las cinturas doloridas del esfuerzo, las piernas hechas un nudo… una gota de sudor resbaló por los labios de Paul para caer en la mejilla de Eric. Se miraban sin descanso… Fue Eric el que primero retiró su arma, y después, Paul dejó caer las espadas al suelo con un ruido ensordecedor. Había magia entre ellos, y no había vuelta atrás. Se habían acercado demasiado…
Eric notó que sus ojos se humedecían y que su corazón estaba a punto de reventar por no poder contener más emociones. Hundió los dedos en el cabello ondulado de Paul y asiéndole con fuerza las mejillas, le besó en los labios.

Temía que Paul le rechazara y se fuera, pero la misma pasión que usó en la pelea, la usó para corresponder su beso. Le abrazó fuerte y entreabrió la boca buscando desesperadamente su lengua, como si fuera agua para calmar su sed… Eric estaba a punto de desmayarse de felicidad. Rodaron el él suelo hasta quedar uno junto al otro, de lado, besándose, con la boca llena del otro, saboreando la dulce saliva, acariciando la lengua que les acariciaba a cada uno, hundiendo los dedos en el cabello húmedo, y abrazando las fuertes espaldas. Se quedaron en el suelo, besándose y acariciándose hasta que sus labios y barbillas aparecieron rojos e irritados, hasta que le dulce aroma de sus cuerpos mezclado con el sudor, les hizo excitarse. Se miraron lujuriosamente, queriendo comerse el uno al otro. Paul volvió a lanzarse a su boca y Eric se dejó besar. Podía estar así toda la vida… Notó que los labios de Paul bajaban hasta su cuello rasposo por la incipiente barba y se le puso la piel de gallina. Le abrazó fuerte  gimió cerrando los ojos, disfrutando de la caricia…

De repente Paul se detuvo… se apartó a un lado y se quedó sentado en el suelo, con una rodilla flexionada, cubriéndose el rostro… Eric le miró sin querer creer que iba a ocurrir lo que ya se temía. Paul le miró suplicante y le acarició la frente…

- Lo siento…. lo siento…
 
Y sin que Eric pudiera hacer nada por evitarlo, Paul se levantó y salió corriendo.

Eric se puso de pie, dolido y solo… Gritó furioso y se acercó a la pared para descargar un furioso golpe. Tal vez el dolor en otra parte del cuerpo, le aliviara el del alma.

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