Querida Sarah:
Hoy ha amanecido lloviendo. De hecho, la tormenta de esta noche me ha despertado y he sentido el egoísmo del que siente que algo funciona peor que su propio interior. Me enfrento sin fuerza alguna a otro día más. Otro día que como mucho, espero no sea peor que ayer.
He desechado mis amuletos. Los he guardado para cuando recupere la fe. Ahora, lo único que hacían era enredarme el pelo y pincharme la piel. Ni protegían ni atraían lo bueno. Así que no pienso cargar con ellos. Tan sólo me recordarían que sigo deseando y no obteniendo, permaneciendo anclada al pasado. Creo que es lo último que necesito.
Supongo que a lo largo del día te escribiré de nuevo. Con el cuerpo descansado las lágrimas fluyen peor, pero no es garantía de que no vuelvan con el paso de las horas.
Te juro que hago verdaderos esfuerzos por no derrumbarme, y con esto veo, que estoy siguiendo un camino totalmente equivocado, pero mis deseos tiran tanto, que me desvían.
Después te escribo. Siempre tuya.
