Tengo que secarme el pelo… me gotea y las gotas me hacen cosquillas en los hombros. Pero aquí estoy, sentada en el salón, incapaz de moverme… el simple movimiento de acercar la mano hasta el cenicero para sacudir la ceniza del cigarrillo, me molesta ya que me distrae de mis pensamientos. Como siempre, estoy pensando en tí.
Estoy envuelta en una toalla. Acabo de salir de la ducha. Una ducha que ha sido eterna… con la frente apoyada en los azulejos grises, me he quedado dejándome acariciar por el agua caliente, mientras pensaba que eras tú quien lo hacía.
Este tiempo se me ha antojado tan corto… volverá, lo sé. Estoy convencida. Es lo que me da fuerza: volver a tenerte entre mis brazos. No puedo pensar otra cosa. Me siento como si hubiéramos estado embarcados en una huída hacia ninguna parte, en la cual, cada minuto contaba, era intenso, mágico, dulce. Contigo se me para el tiempo.
Pocas horas han pasado desde que somos algo más furtivos. Sabía que iba a ser un trago amargo… las causas no me importan. Sólo me importa el hecho de que no te tengo junto a mí, consumiendo las horas cogidos de la mano.
Me duele la piel de no tenerte. Mi cuerpo te echa de menos con tanta fuerza que asusta. Pero mi alma está contigo y eso me consuela. Y no encuentro mayor alivio el recuerdo de aquel primer abrazo, en aquella habitación a media luz, aquel abrazo que sólo quería calmar el ansia de cariño que tú y yo teníamos, cuando mi nariz se hundió en tu cuello y me abracé más fuerte a tí. Y tú me dijiste: qué bonito…
Ayer estaba exhausta. Tan cansada que me dormí sin abrir las sábanas siquiera. La lamparilla de noche, esa de flecos rojos, se quedó encendida, velándome. No recuerdo cuándo me desperté y la apagué. Tengo miedo a que llegue esta noche, porque sé que volverás a mi cabeza con la fuerza que tienen los pensamientos cuando estás a oscuras y en silencio. Tu nombre se me pondrá en los labios y yo me contendré para no pronunciarlo.
He lavado el camisón rojo. Ahora duerme en el fondo del cajón. No puedo ponérmelo. No puedo ni verlo… cuando lo recogí, sólo podía ver cómo tus dedos bajaban los tirantes y cómo tus labios se posaban sobre la tela besando mis pezones, y cómo tu mano buscaba mi vientre.
Mañana volveré, amor, a contarte mi noche y a seguir recordándote.
