tres

Tus manos se conocen mi cuerpo de memoria.

Como si fueran un viajante experimentado, se conocen cada camino, cada atajo, cada rincón oculto y cada sendero que configura mi orografía.

Van despacio, sabedores que no hay prisa, como un viaje en un mediodía de verano, donde más que el destino, lo importante es disfrutar del viaje. Admiran el paisaje y se funden con él. Así es cuando hacemos el amor en una tarde calurosa. El sol deslumbra afuera, y casi todo el mundo duerme, aletargado. Y ese, es nuestro refugio.

Cuando me buscas, te pones detrás de mí. Yo te sonrío aunque no puedas verlo. Mi ropa me abandona, me la quitas con la impaciencia del que aparta lo que le estorba. Y tus manos llegan… primero se posan en mi cintura, acarician mi vientre las yemas de tus dedos. Luego, suben despacio por el costado, hasta llegar a las curvas inferiores de mis pechos. Lo haces sin prisa ninguna… la prisa es sólo para quitarme la ropa. Después, soy yo la que siento la urgencia de tu cuerpo, y tú el que te recreas…

Un día me pusiste frente al espejo. Y me hiciste observar cómo tus manos me recorrían. Se me puso la piel de gallina al instante… miré tus ojos que asomaban tras mi hombro y tú me sonreíste antes de acariciar mis pezones duros. Cada vez que me tocas siento como si me fundiera…

Cuando me coges por la cintura y te acercas a mí, y siento el calor de tu pecho en el mío, y siento tus labios en mi frente, siento que anulas mi voluntad. Y me abandono a la sensación, me abandono a tus brazos, a tus besos, a tu olor… cierro los ojos y me dejo llevar. Pronto estoy tendida en la cama. Las sábanas frescas me acarician la espalda, la horizontal me marea…

Me estremezco cuando doblas con suavidad mis piernas. Mi respiración se agita cuando tus dedos suben a mis muslos, y abro los ojos… veo los tuyos, entrecerrados por pura lujuria, mirándome por encima del vello de mi pubis. Y sonríes antes de hundirte entre mis piernas, para hacerme sentir lo que he sentido mil veces, y nunca es igual. La humedad de tu boca en la humedad de mi sexo, tensándome hasta hacerme caer una vez más…

Published in: on 25 julio 2011 at 21:01  Dejar un comentario  

dos

A la mañana siguiente, me levanté extrañamente lúcida.
Eso sólo podía significar dos cosas: o que ya me había acostumbrado al cansancio o que mi cerebro se había reseteado, abriendo los ojos a la realidad. Ninguna de las dos cosas me tranquilizaba.
Apenas puse los pies en el suelo y me levanté, una sensación conocida y ciertamente desagradable, me invadió. No sólo era ese dolor físico del cuerpo exhausto, era además una sensación líquida y templada escurriéndose desde mi interior hacia mis piernas.
Los veintiocho días suelen ser el tiempo pactado. Pero parecía que mi cuerpo te añoraba ya, y aprovechó la luna llena para hacerlo. Me resultó triste. Es el tiempo del cuerpo como campo en barbecho. Irónico… pensé.

Esta noche ha sido corta, también. No tanto. Pero corta. Increíblemente descolorida, por supuesto. Evidentemente acudieron a mi mente imágenes impúdicas contigo. Como flashes sueltos, venían a mi cabeza esos momentos indescriptibles, en los que tú estabas sobre mí. Con tu cuerpo me cubrías con delicadeza. Cogías mis muñecas con una sola mano, apretándolas sobre la almohada, como yo te pedía. Me gusta estar a tu merced. Yo podía ver tu brazo junto a mi rostro, en tensión. Y tu otro brazo, me pasaba por los hombros. Nos mirábamos a los ojos sin descanso. Siempre me ha sorprendido lo cómoda que me encuentro en tu mirada… suelo ser tímida, pero contigo no he podido serlo. Tenía mucho que perderme si me retiraba.

Hacíamos el amor con lentitud. Entrabas y salías de mí con delicadeza, recorriendo mi interior. Me acariciabas más que me follabas. Bañados en sudor, nuestros cuerpos en contacto, querían fundirse el uno con el otro. Las múltiples sensaciones que me invadían, no podían tapar ni por un instante mi excitación. La más mínima caricia hace que reaccione frente a tí, así que… qué decir acerca de tenerte dentro de mí…

Te imagino en un gesto que me llena de ternura. Te ví apoyar tu frente en mi hombro y suspirar, disfrutando del suave balanceo, mientras tu mano seguía aprisionando las mías. Tu gesto te delataba. Sentías próximo el orgasmo. Y tu felicidad es la mía. Cerré los ojos para sentirte todo lo que mi cuerpo me permite. El leve temblor de tus piernas enlazadas con las mías, el latido de tu corazón sobre mis pechos, la presión de tus dedos sobre mis manos, tu respiración agitada, el olor de tu piel tan cerca de mi nariz… casi pude sentir el calor del líquido entrando en mí. Sé que no se puede, pero casi lo percibo… te apretaste contra mi sexo con fuerza, entrando muy dentro, hasta casi hacerme daño. Hasta casi desear que se parara el tiempo ahí, y nunca más volviera a correr.

Aquella mañana, hubiera sido un consuelo que el líquido que se escurría de mí, hubiera sido blanco en lugar de rojo.

El rojo me trae recuerdos agradables, pero melancólicos.

Published in: on 21 julio 2011 at 13:40  Dejar un comentario  

uno

Tengo que secarme el pelo… me gotea y las gotas me hacen cosquillas en los hombros. Pero aquí estoy, sentada en el salón, incapaz de moverme… el simple movimiento de acercar la mano hasta el cenicero para sacudir la ceniza del cigarrillo, me molesta ya que me distrae de mis pensamientos. Como siempre, estoy pensando en tí.

Estoy envuelta en una toalla. Acabo de salir de la ducha. Una ducha que ha sido eterna… con la frente apoyada en los azulejos grises, me he quedado dejándome acariciar por el agua caliente, mientras pensaba que eras tú quien lo hacía.

Este tiempo se me ha antojado tan corto… volverá, lo sé. Estoy convencida. Es lo que me da fuerza: volver a tenerte entre mis brazos. No puedo pensar otra cosa. Me siento como si hubiéramos estado embarcados en una huída hacia ninguna parte, en la cual, cada minuto contaba, era intenso, mágico, dulce. Contigo se me para el tiempo.

Pocas horas han pasado desde que somos algo más furtivos. Sabía que iba a ser un trago amargo… las causas no me importan. Sólo me importa el hecho de que no te tengo junto a mí, consumiendo las horas cogidos de la mano.

Me duele la piel de no tenerte. Mi cuerpo te echa de menos con tanta fuerza que asusta. Pero mi alma está contigo y eso me consuela. Y no encuentro mayor alivio el recuerdo de aquel primer abrazo, en aquella habitación a media luz, aquel abrazo que sólo quería calmar el ansia de cariño que tú y yo teníamos, cuando mi nariz se hundió en tu cuello y me abracé más fuerte a tí. Y tú me dijiste: qué bonito…

Ayer estaba exhausta. Tan cansada que me dormí sin abrir las sábanas siquiera. La lamparilla de noche, esa de flecos rojos, se quedó encendida, velándome. No recuerdo cuándo me desperté y la apagué. Tengo miedo a que llegue esta noche, porque sé que volverás a mi cabeza con la fuerza que tienen los pensamientos cuando estás a oscuras y en silencio. Tu nombre se me pondrá en los labios y yo me contendré para no pronunciarlo.

He lavado el camisón rojo. Ahora duerme en el fondo del cajón. No puedo ponérmelo. No puedo ni verlo… cuando lo recogí, sólo podía ver cómo tus dedos bajaban los tirantes y cómo tus labios se posaban sobre la tela besando mis pezones, y cómo tu mano buscaba mi vientre.

Mañana volveré, amor, a contarte mi noche y a seguir recordándote.

Published in: on 20 julio 2011 at 17:36  Dejar un comentario  

4

Querida Sarah:

Estoy más tranquila que en días pasados, cuando tuve miedo. Eso me permite pensar con más claridad. No me gusta estar asustada. Lo paso muy mal. Nunca me ha gustado sentir terror gratuitamente, como por ejemplo viendo películas o leyendo libros. La vida ya es bastante aterradora y la sensación no es descolorida, o te llega de lejos, como viendo una pantalla, no. Es un frío que se siente en las venas, un desamparo desgarrador, una sensación de que todo va a ir a peor, haga lo que haga. Cuando todo va pasando y veo que no ocurre nada, entonces me voy tranquilizando, vuelve a latirme el corazón a pulsaciones normales, y poco a poco vuelvo a sentirme integrada en el paisaje, sin tener esa sensación angustiosa de flotar en el vacío. A todos nos ha ocurrido alguna vez, sentir entre el sueño y la vigilia, que todo se hunde. Pues es algo similar.Aunque quede un poso de desconfianza que te hace estar alerta.

Últimamente me ha dado por pensar, que soy un cuerpo sin piel. No hay nada que me proteja del exterior. Soy presa fácil de cualquier ataque. Me he vuelto permeable a cualquier sensación buena o mala. Suelen ser las malas las que más daño me causan, claro. Pero sentir cosas buenas sin piel, también puede llegar a doler mucho. Ese termostato que hace que sientas las alegrías con precaución, lo he perdido. Soy consciente de ello y procuro moderarme yo misma. No es que me haya vuelto desconfiada, pero demasiada alegría también puede herirme ya que si la dejo campar a sus anchas, ¿qué haré si luego me desilusiono? No quiero ni pensar lo que podría dolerme eso. Estoy sin piel…

He pasado la tarde ocupada en cosas banales. Pero como no tengo defensas, cualquier pequeño placer se me cuela dentro. Eso no está mal. Hundir los dedos en la tierra mojada, arreglar las hojas de las plantas, regarlas, son actos que no me van a herir. Sabes que a mí todas las plantas se me mueren. Pero espero que estas vivan. He estado tranquila apretujando tierra en las macetas, mientras la caída del sol me hacía entrecerrar los ojos.

También he estado pensando en tí, en tu silencio. Sarah, tú no hablas. Me hablas directamente, pero no oigo tu voz. Me hablas desde dentro y hacia dentro. A veces quisiera que te dirigieras a mí y me dijeras que estás ahí para lo que necesite. Con lo bien que hubiéramos estado tú y yo juntas, sucias de tierra y aguantando el sol… No te estoy reprochando nada. Sólo expresaba un anhelo.

Supongo que es necesario no oír demasiado mientras me acostumbro a estar sin piel y genero una nueva. He percibido que se ha formado una película invisible, como si fuera tul, en algunas partes de mi cuerpo. Ha empezado a crecer justo encima del esternón. Y también en la muñeca. Los pies, creo que serán lo último, ya que no paro de andar. El domingo andé y andé durante horas, sin rumbo fijo. Me iba marcando los objetivos conforme iba avanzando. Me sentí un poco ridícula al principio porque pensaba que era una tontería. Pero luego, me sentí bien. Conforme andaba más y más, mejor me sentía. Sólo me faltó un poco de lluvia, pero la meteorología no tiene porqué satisfacer mis deseos.

A pesar de ser un amasijo de carne sin protección, que late dolorosamente, no me estoy desenvolviendo mal del todo. Con el tiempo, saldrá una nueva piel, lo sé. Pongo mi empeño en ello. Y si puede ser bien dura, una capa impenetrable, mejor que mejor. Creo que ya he sentido bastante dolor, así que me gustaría no sentir más. Luego sé que me dará pena, y que me lamentaré de haber perdido sensibilidad, que evocaré aquella piel que sentía con dulzura. La nueva seguro será más insensible. Trabajaré para que no lo sea, ya que me he dado cuenta. Aunque no aseguro nada…

¿Te has dado cuenta de lo terrenal que soy? Sólo he hablado de mi organismo, nada más. Tal vez debería darle menos importancia, o dársela pero ignorarlo un poco más. Quizá debería ser más espiritual, más eterna. No sé… lo pensaré con detenimiento. Eso supondrá decir adiós definitivamente a muchas cosas con las que he vivido día a día durante todos estos años que estoy en el mundo. Supongo que pasarse al otro bando, menos preocupado por el cuerpo y las sensaciones, tendrá recompensas más dulces. Ya te lo contaré si lo descubro. Pero si tú sabes algo del tema, por favor, cuéntamelo. Ya sabes que no tengo miedo a preguntar lo que no sé.

Siempre tuya.

 

Published in: on 18 agosto 2010 at 20:49  Dejar un comentario  

3

Querida Sarah:

Te escribo estas letras desde el más profundo asombro y el más puro terror. Te preguntarás qué me ha pasado para que me halle en este estado. Ya sabes que con el tiempo pierdo la capacidad de sorpresa, pero el mundo es muy grande, incluso el mío, que es más bien de bolsillo, comparado con otros.

Ha vuelto. Sí, como lo oyes. Ha vuelto.

Ha bastado con nombrarla, para que aparezca de nuevo.

Pensaba que me había librado de ella de una vez por todas. Pero parece ser que no. ¡Y cómo quisiera que desapareciera! Ojalá que este cameo se quede sólo en eso, y que todo vuelva a ser yermo y seco de nuevo, pero tranquilo y rutinario.

Te explicaré un poco más. Perdona este encabezamiento desconcertante, pero es que aún no salgo de mi asombro.

En la autoflagelación que estoy llevando a cabo, privando de sueño a mi organismo, mientras me quedo frente a la pantalla hasta horas indecentes, teniendo que madrugar al día siguiente, he hallado consuelo, matando el tiempo y el dolor de la soledad. He hallado personas cautivadoras, que había tenido cerca mucho tiempo, y que ni siquiera las intuía. Eso también me ha sorprendido, aunque allá en el fondo, presentía a esa persona. Sabes que me gusta complicarme la existencia, que no soy capaz de disfrutar en la superficialidad, que necesito la insondabilidad de la existencia humana como el que necesita el aire, que lo superfluo y lo corriente me aburre y me adormece. Y que ya no sé hacerlo de otra forma ni quiero aprender.

Pero ah… con esto no había contado yo.

En conversaciones profundas, sinceras y dolorosas, donde se ofrenda lo más terrible y más auténtico de cada uno, todo tiene cabida. Y a ella, se la nombró de pasada en una de ellas.

La falta de sueño me impide recordar con exactitud cuándo se mantuvo esa conversación. Pero días después (¿o han sido horas? Esta semana se me antoja como un mismo día poblado de mañanas, tardes y noches), al poco de nombrarla, de repente, me ha tomado al asalto y por la fuerza. Tras muchos meses de permanecer desaparecida, de repente, ha vuelto en forma de sueño.

No lo recuerdo con exactitud. Ya sabes que las tramas y los argumentos de los sueños son confusos y simbólicos. Pero aún sé reconocer la imagen de un cuerpo buscando a otro, y encontrándolo. De hecho, aunque no hubiera ni rostro ni nombre (como pasa en muchos sueños), podría decirte quién era. He abierto los ojos mucho antes de que sonara el despertador, y un escalofrío me ha recorrido la columna.

Tú, ella y yo, hemos formado equipo muchas veces, ya lo sabes. Yo escribía, tú me ayudabas y ella nos guiaba. Todo fue bien hasta que llegó un momento en que saltó del papel y se me metió dentro. Y me sentí bien. Me gustó el cambio. Continuábamos las tres, pero yo la llevaba a ella puesta. Y cuando fue el momento, supo colarse en mis tejidos y actuar. ¿Recuerdas qué buenos tiempos?. Aprendí su funcionamiento, estudié los mecanismos que la hacían actuar. Y supe que se activaba con la cercanía de otra piel.

Perdió el control cuando él dejó de amarme. Se activaba constantemente, supongo que en reacción al rechazo. Un último intento de no desaparecer. Con el tiempo, y visto que su táctica no funcionaba, se dio por vencida y comenzó el proceso de hibernación. Y yo, como huésped, pude descansar. Estaba exhausta.

Cuando me recuperé un poco, me marché. Ya nada podía hacer allí, más que languidecer. Bueno, tú lo sabes, estabas conmigo. También viste pasar al dolor, viste morir la autoestima… no podía tener consecuencias agradables. Pero sobrevivimos.

Cuando abandonaste el silencio y de nuevo comenzamos tú y yo a dialogar, averiguamos que ella había muerto. Simplemente mi cuerpo la había absorbido y desechado en el ciclo menstrual. Sí, yo creía haberla abortado.

Han habido pieles que la podían haber hecho rebrotar. Pero sólo me inspiraron repugnancia. No hay mejor olor que el de una piel caliente. Y donde mejor huele, es en el cuello, justo debajo de la ropa. Pero ella ya no estaba. Y yo ya no sabía acercarme a oler, porque me faltaba el órgano principal: ella. Me quedé sin memoria en las células. Era una amnésica erótica. Un par de veces hemos salido huyendo tú y yo ¿eh?

Y esta noche ha vuelto. Llevo todo el día alarmada, esperando que aparezca. No me atrevo ni a respirar. Ya no puedo albergarla en mi organismo. Ya no puedo alimentarla con nada, puesto que nada tengo. Con lo cual, si viene, volverá a consumirme a mí, pidiendo a gritos una piel que acariciar, un cuello que oler, un sexo que devorar. Me matará, como casi lo hace la última vez.

Tengo miedo. Sé que nada puedes hacer tú. Tan solo escucharme.

Published in: on 12 agosto 2010 at 17:42  Dejar un comentario  
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2

Querida Sarah:

Hoy ha amanecido lloviendo. De hecho, la tormenta de esta noche me ha despertado y he sentido el egoísmo del que siente que algo funciona peor que su propio interior. Me enfrento sin fuerza alguna a otro día más. Otro día que como mucho, espero no sea peor que ayer.

He desechado mis amuletos. Los he guardado para cuando recupere la fe. Ahora, lo único que hacían era enredarme el pelo y pincharme la piel. Ni protegían ni atraían lo bueno. Así que no pienso cargar con ellos. Tan sólo me recordarían que sigo deseando y no obteniendo, permaneciendo anclada al pasado. Creo que es lo último que necesito.

Supongo que a lo largo del día te escribiré de nuevo. Con el cuerpo descansado las lágrimas fluyen peor, pero no es garantía de que no vuelvan con el paso de las horas.

Te juro que hago verdaderos esfuerzos por no derrumbarme, y con esto veo, que estoy siguiendo un camino totalmente equivocado, pero mis deseos tiran tanto, que me desvían.

Después te escribo. Siempre tuya.

1

Querida Sarah:

Voy directa al cáncer de pulmón. O de boca, o de laringe… no puedo dejar de fumar. Y sinceramente, ahora mismo no podría… algo tengo que hacer con estos dedos, con estos nervios, con este tiempo…   mientras te escribo esto, fumo sin parar, uno detrás de otro.  Pero aún no voy a morirme. De momento no.  Así que mientras espero mi hora, algo tendré que hacer. Y como nada ha dado resultado, creo que volveré a mis orígenes: volveré a escribir, para que nadie lo lea, para sacarme las astillas de debajo de las uñas, para poder saber quién soy, otra vez, si es que alguna vez he sido alguien. No espero que me contestes: nadie lo hace. Pero te suplico que al menos abras el sobre. Y si no lo haces, no me lo digas.

Desde la toma de mi gran decisión, sólo he encontrado sinsabores. Me he lanzado en busca de toda la ilusión que no he tenido, de todos los años que he perdido, de toda la felicidad que no he recibido. ¿Y qué he econtrado? Un mundo tan frío y cruel como el que me acogía. Quizá no merezco otra cosa. Estoy empezando a pensar que tengo una imagen tan distorsionada de mí, que realmente creo que soy una víctima. Igual soy un verdugo. Ya no lo sé.

En poco tiempo, ya he tenido algunas vueltas a casa muy amargas, con el corazón machacado y llena de dudas, odiándome a mí misma por haber siquiera soñado que merecía algo mejor. No soy capaz de disfrutar de mi propia compañía, con lo cual, tampoco puedo disfrutar de la de nadie. Y los intentos que he hecho, sólo me han reportado amargura y decepción. Cada día es un reto duro: me levanto, tomo café, me lavo los dientes, me ducho, me maquillo y me visto. Y me veo en la puerta con un montón de trabajo que hacer y muchas ganas de caer en coma. Sé que no me he dado tiempo para llorar, pero llevo tanto llorado que veía imposible seguir haciéndolo. Ahora he comprobado que nada es imposible. Incluso seguir llorando. Lo malo es que no tengo espacio ni lugar. Pero cuando lo tenía, tampoco me agradaba.

Los fines de semana son lo peor: demasiado tiempo libre, demasiado rato entre estas cuatro paredes, llenas de ego, de disciplina casi militar, privativas de libertad individual, que siempre me lo han puesto tan difícil. La verdad es que siempre tuve el presentimiento de que iba a acabar aquí de nuevo. Y me da miedo no poder volver a salir nunca más. De hecho, estoy cada día más convencida de ello, cosa que no ayuda a mi estado de ánimo.

He buscado ayuda en aquellos que alguna vez me han entendido (o hacían como que me entendían). Y me ha dolido comprobar que no están dispuestos a devolverme ni un poco de lo que siempre les he dado: compañía, comprensión, amistad incondicional. A nadie (parece ser más que a mí), parece gustarle ayudar sin esperar nada a cambio. Fíjate qué contradicción… yo lo daba sin esperar nada. Ahora, espero ayuda. Y no la tengo. No sé si me creyeron alguna vez, pero te juro que yo era sincera. Creo que lo demostré con mis detalles, con mi dedicación… todo eso, pone de manifiesto todo lo equivocada que estaba. Creo, que allá en el fondo, siempre lo supe…

Ahora estoy aquí, en medio de una tarde de domingo que podría ser fascinante, pero es aterradora. Alguien cogerá un coche de vuelta a casa, alguien verá una película, alguien trabajará, alguien dormirá. Y yo estoy aquí, decidida a hacer una dolorosa terapia, en silencio y a la vez, rodeada de gente, que nada saben de mi constante dolor. ¿Pero tú estás bien? me preguntan constantemente. Yo respondo: sí. Y con eso, me creen. Creen una mentira.

Pero tú no me crees. Me conoces demasiado bien. Lo vives como yo. Por eso te escribo, querida Sarah. Porque necesito saber que alguien sabe por lo que estoy pasando.

 

Siempre tuya.

Published in: on 2 mayo 2010 at 16:21  Dejar un comentario  
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El ser humano y su parte oscura…

Quien no la tenga, es que no está vivo…

 

Hay un punto, en el que todo se olvida: las convenciones sociales, las formas, la educación… Todo se derrite alrededor y si la Tierra explotara en ese momento, realmente no importaría.

 

La necesitamos. Necesitamos nuestra parte oscura, donde anidan fantasías que destruirían nuestra reputación, donde somos quien queremos ser, donde ponemos en práctica procesos biológicos placenteros, que son los más denostados por básicos…

 

Y nuestra parte oscura nos acompaña siempre.

 

Victor Malvado

Victor Malvado

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